domingo, 29 de marzo de 2020

Discurso de Pericles en honor de los muert...




ORACIÓN FÚNEBRE
PERICLES



Fuente: Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso II 34-46. Trascripción íntegra del texto de la edición de Gredos, págs. 114-121. El discurso de Pericles formaba parte de la ceremonia en honor de los primeros muertos en la guerra contra Esparta, recién iniciada, y puede situarse, según Tucídides, en el invierno que va de 431 a 430, después de la primera invasión espartana sobre el Ática, de la que se retiraron sin llegar a Atenas.


Acompañan al entierro gente de todas clases, ciudadanos o forasteros, y las mujeres de la familia se encuentran junto a la tumba llorando. Los entierran después en un monumento público, situado en el arrabal más hermoso de la ciudad y en el que era costumbre sepultar a los muertos en guerra, excepto los que murieron en la batalla de Maratón, a los cuales, en memoria de su valor excepcional, mandaron hacer un sepulcro especial en el mismo sitio. Cuando los han cubierto de tierra, es costumbre que un ciudadano notable, sabio y prudente, primero en la estimación pública y hombre de talento, pronuncie en su honor una oración y después de esto que cada cual se retire a su casa. De esta forma llevaban a cabo el entierro de los que morían en las guerras de los atenienses. En honor de los primeros, que fueron muertos en la guerra, fue elegido para hablar Pericles, hijo de Jantipo; y llegado el momento oportuno, subió a una tribuna muy elevada, desde donde pudiera ser oído por la multitud, y pronunció este discurso:


Discurso de Pericles en honor de los muertos
“La mayoría de los que hasta este momento han pronunciado discursos en este lugar, elogian en gran manera esta costumbre antigua de honrar ante el pueblo a aquellos soldados que murieron en la guerra, pero a mí, en cambio, me parece que las solemnes exequias que públicamente celebramos hoy son el mejor elogio de aquellos que por su heroísmo las han merecido. Y también me parece que no se debe dejar a la palabra de un solo hombre el hablar de las virtudes y heroísmo de tan buenos soldados, ni tampoco creer lo que diga, ya sea un buen o mal orador, pues es difícil expresarse con justeza y moderar los elogios al hablar de cosas de las que apenas se puede tener una ligera sombra de la verdad. Porque, si el que oye ha sido testigo de los hechos, y quiere bien a aquel de quien se habla, siempre cree que el elogio es insuficiente en razón de lo que él desea y de lo que sabe; y por el contrario, al que los desconoce le parece, impulsado por la envidia, que hay exageración en lo que supera su propia naturaleza. Los elogios pronunciados a favor de otro pueden soportarse sólo en la medida en que uno se cree a sí mismo susceptible de realizar las mismas acciones. Lo que nos supera, excita la envidia y, además, la desconfianza. Sin embargo, ya que nuestros antepasados admitieron y aprobaron esta costumbre, yo debo también someterme a ella y tratar de satisfacer de la mejor manera posible los deseos y sentimientos de cada unos de vosotros. Empezaré, pues, por elogiar a nuestros antepasados. Pues es justo y equitativo rendir homenaje al recuerdo. Esta región, que han habitado sin interrupción gentes de la misma raza, ha pasado de mano en mano hasta hoy, guardando siempre su libertad gracias a su esfuerzo. Y si aquellos antepasados merecen nuestro elogio, mucho más lo merecen nuestros padres. A la herencia que recibieron añadieron, al precio de su trabajo y sus desvelos, la potencia que poseemos, porque ellos nos la han legado. Nosotros la hemos acrecentado. Aquellos que aún vivimos y nos encontramos en plena madurez, somos quienes hemos aumentado y abastecido la ciudad de todas las cosas necesarias, así en la paz como en la guerra. Nada diré de las proezas y hazañas guerreras que nos han permitido alcanzar la situación presente, ni de la valentía que nosotros y nuestros antepasados hemos demostrado defendiéndonos de los ataques de los bárbaros o de los griegos. Todos las conocéis, por eso no voy a hablar de ellas. Pero la prudencia y el arte que nos ha permitido llegar a este resultado, la naturaleza de las instituciones políticas y las costumbres que nos han ganado este prestigio, es necesario que sean expresadas ante todo. Después, continuaré con el elogio a nuestros muertos. Porque me parece que en las actuales circunstancias es oportuno traer a la memoria estas cosas y que será provechoso que las oigan tanto los ciudadanos como los forasteros que se han reunido hoy aquí.
“Nuestra constitución política no sigue las leyes de las otras ciudades, sino que da leyes y ejemplo a los demás. Nuestro gobierno se llama democracia, porque la administración sirve a los intereses de la masa y no de una minoría. De acuerdo con nuestras leyes, todos somos iguales en lo que se refiere a nuestras diferencias particulares. Pero en lo relativo a la participación en la vida pública, cada cual obtiene la consideración de acuerdo con sus méritos y es más importante el valor personal que la clase a la que pertenece; es decir, nadie siente el obstáculo de su pobreza o inferior condición social, cuando su valía le capacita para prestar servicios a la ciudad. Nosotros, pues, en lo que corresponde a la república, gobernamos libremente y, asimismo, en las relaciones y tratos que tenemos diariamente con nuestros aliados y vecinos, sin irritarnos porque obren a su manera, ni considerar como una humillación sus goces y alegrías, que a pesar de no producirnos daños materiales, nos ocasionan pesar y tristeza, aunque siempre tratamos de disimularlo. Al tiempo que no existe el recelo en nuestras relaciones particulares, nos domina el temor de infringir las leyes de la república, sobre todo obedecemos a los magistrados y a las leyes que defienden a los oprimidos y, aunque no estén dictadas, a todas aquellas que atraen sobre quien las viola un desprecio universal.
“Y, además, para mitigar el trabajo, hemos procurado muchos recreos al alma; hemos instituido juegos y fiestas que se suceden cada año; y hermosas diversiones particulares que a diario nos procuran deleite y disminuyen la tristeza. La grandeza e importancia de nuestra ciudad atrae los frutos de otras tierras, de modo que no sólo disfrutamos de nuestros productos, sino de los que nacen en el universo entero.
“En lo que se refiere a la guerra, somos muy distintos a nuestros enemigos, porque nosotros permitimos que nuestra ciudad esté abierta a todas las gentes y naciones, sin vedar ni prohibir a cualquier persona que adquiera informes y conocimientos, aunque su revelación pueda ser provechosa a nuestros enemigos; pues confiamos tanto en los preparativos y estrategias como en nuestros ánimos y vigor en la acción. Y aunque otros, en cuanto a la educación, acostumbren, mediante un entrenamiento fatigoso desde niños, su potencia viril; nosotros, a pesar de nuestra forma de vivir, no somos menos osados y valientes para afrontar el peligro cuando la necesidad lo exige. De esto es buena prueba que los lacedemonios jamás se atrevieron a entrar en nuestra tierra sin ir acompañados de todos sus aliados; mientras que nosotros, sin ayuda alguna, hemos hecho incursiones en el territorio de nuestros vecinos y muchas veces, sin gran dificultad, hemos derrotado en país extraño a los adversarios que defendían sus propios hogares. Ninguno de nuestros enemigos se ha atrevido a atacarnos cuando habíamos reunido todas nuestras fuerzas, tanto a causa de nuestra experiencia en las cosas del mar, como por los muchos destacamentos que tenemos en diversos lugares de nuestro territorio. Si por azar nuestros enemigos derrotan alguna vez a un destacamento de los nuestros, se jactan de habernos vencido a todos y si, por el contrario, les derrota una parte de nuestras tropas, dicen que han sido atacados por todo el ejército.

El gran historiador Tucídides
“Y efectivamente preferimos el reposo y el sosiego cuando no estamos obligados por necesidad al ejercicio de trabajos penosos y también [preferimos] el ejercicio de las buenas costumbres a vivir siempre con el temor de las leyes; de forma que nonos exponemos al peligro cuando podemos vivir tranquilos y seguros, prefiriendo la fuerza de la ley al ardor de la valentía. Tenemos la ventaja de no preocuparnos por las contrariedades futuras. Cuando llegan, estamos en disposición de sufrirlas con buen temple como los que siempre han estado acostumbrados a ellas. Por estas razones y otras más aún nuestra ciudad es digna de admiración. Al tiempo que amamos simplemente la belleza, tenemos una fuerte predilección por el estudio. Usamos la riqueza para la acción, más que como motivo de orgullo, y no nos importan confesar la pobreza, sólo consideramos vergonzoso no tratar de evitarla. Por otra parte, todos nos preocupamos de igual modo de los asuntos privados y públicos de la república que se refieren al bien común o privado y gentes de diferentes se preocupan también de las cosas públicas. Sólo nosotros juzgamos inútil y negligente al que no se cuida de la república. Decidimos por nosotros mismos todos los asuntos de los que antes nos hemos hecho un estudio exacto: para nosotros, la palabra no impide la acción, lo que la impide es no informarse antes detenidamente de ponerla en ejecución. Por esot nos distinguimos, porque sabemos emprender las cosas aunando la audacia y la reflexión más que ningún otro pueblo. Los demás, algunas veces por ignorancia, son más osados de lo que requiere la razón, y otras, por querer fundarlo todo en razones, son lentos en la ejecución.
“Sería justo tener por valerosos aquellos que, aun conociendo exactamente las dificultades y ventajas de la vida, no rehúyan el peligro.
“En lo que se refiere a la generosidad, también somos muy distintos a los demás, porque procuramos adquirir amigos dispensándoles beneficios antes que recibiéndolos de ellos, pues el que hace un favor a otros está en mejor condición que quien lo recibe para conservar su amistad y benevolencia, mientras que el favorecido sabe que ha de devolver el favor, no como si hiciera un beneficios, sino en pago de una deuda. También somos los únicos en usar la magnificencia y liberalidad con nuestros amigos y no tanto por cálculo de la conveniencia como por la confianza de la libertad.
“En una palabra, afirmo que nuestra ciudad es, en conjunto, la escuela de Grecia, y creo que los ciudadanos son capaces de conseguir una completa personalidad para administrar y dirigir perfectamente a otras gentes en cualquier aspecto. Y todo esto no es una exageración retórica dictada por las circunstancias, sino la misma verdad; la potencia que estas cualidades nos han conquistado, os lo demuestran claramente. Atenas es la única ciudad del mundo que posee más fama que todas las demás. Es la única que no da motivos de rencor a sus enemigos por los daños que les inflige, ni desprecio a sus súbditos por la indignidad de sus gobernantes. Esta potencia la demuestran importantes testigos y de una manera definitiva para nosotros y para nuestros descendientes. Ellos nos tendrán en gran admiración sin que tengamos necesidad de los elogios de un Homero, ni de ningún otro, para adornar nuestros hechos con elogios poéticos capaces de seducir únicamente, pero cuya ficción contradice la realidad de las cosas. Sabido es que gracias a nuestro esfuerzo y osadía hemos conseguido que la tierra y el mar por entero sean accesibles a nuestra audacia, dejando en todas partes monumentos eternos de las derrotas infligidas a nuestros enemigos y de nuestras victorias.
“Esta es la ciudad pues que con razón estos hombres no han querido dejar que fuera mancillada y por la cual han muerto valerosamente en el combate; nuestros descendientes están dispuestos a sufrirlo todo para mantener su defensa. Por estas razones me he extendido al hablar de nuestra ciudad ya que quería demostraros que no luchamos por lo mismo que los demás, sino por algo tan grande que nada lo iguala, y también para que el elogio de los hombres objeto de nuestro discurso fuese claro y veraz. He terminado ya con la parte principal. La gloria de la república se debe al valor de estos soldados y de otros hombres semejantes. Sus actos están a la altura de su reputación y existen pocos griegos de los que pueda decirse lo mismo. A mi parecer nada demuestra mejor el valor de un hombre que este final, que entre los jóvenes es un indicio y una confirmación entre los viejos. En efecto, aquellos que no pueden hacer otro servicio a la república es justo que se muestren valerosos en la guerra; pues han borrado el mal con el bien y sus servicios públicos han sobradamente las equivocaciones de su vida privada. Ninguno de ellos se dejó seducir por las riquezas hasta el punto de preferir los deleites a su deber, ni tampoco ninguno dejó de exponerse al peligro con la esperanza de escapar de la pobreza y hacerse rico, convencidos de que era preciso el castigo del enemigo al goce de estos bienes, y mirando este riesgo como el más hermoso, quisieron afrontarlo para castigar  al enemigo y hacerse dignos de estos honores. Sólo tuvieron confianza en ellos mismos en el momento de obrar y al encontrarse ante el peligro sostenidos por la esperanza incluso ante la incertidumbre del éxito. Prefirieron buscar su salvación en la destrucción del enemigo y en la misma muerte que en el cobarde abandono; así escaparon al deshonor y perdieron su vida. En el azar de un instante nos han dejado alcanzando la mayor cima de la gloria y no el bajo recuerdo de su miedo.
“Así es como se mostraron dignos hijos de la ciudad. Los supervivientes deben hacer todo lo posible para conseguir una suerte mejor pero deben mostrarse al mismo tiempo intrépidos contra sus enemigos, considerando que la utilidad y provecho no se pueden reducir a las palabras de un discurso. También sería retrasarse inútilmente enumerar ante gente perfectamente informada, como lo sois vosotros, todos los esfuerzos encaminados a la defensa del país. Cuanto más grande os parezca el poder de la ciudad, más debéis pensar que existieron hombres esforzados y valientes que se lo procuraron por haber sabido practicar la audacia como sentimientos de un deber y haberse conducido con honor durante toda su vida. Y cuantas veces fracasaron no se creyeron en el derecho de privar a la ciudad de su valor y es así como le sacrificaron su virtud como la más noble contribución, haciendo el sacrificio de su vida en común y adquiriendo cada uno por su parte una gloria inmortal que les ha ganado sepultura honorable. Y esta tierra donde ahora descansan no es tanto como el recuerdo inmortal siempre renovado y ensalzado en discursos y conmemoraciones. Los hombres eminentes tienen la tierra entera por tumba. Lo que atrae la atención hacia ellos no es sólo las inscripciones funerarias grabadas sobre la piedra; tanto en su patria como en los países más alejados, su recuerdo persiste a pesar del epitafio, conservado en el pensamiento y no en los monumentos.
“Envidiad pues su suerte, decid que la libertad se confunde con la felicidad y el valor con la libertad y no miréis con desprecio los peligros de la guerra. No penséis que los ruines y cobardes que no tienen esperanza de mejor suerte son más razonables en guardar su vida que aquellos cuya vida está expuesta al peligro se aventuran a pasar de la buena a la mala fortuna y que si fracasan verán su suerte completamente transformada. Pues para un hombre sabio y prudente es más dolorosa la cobardía que una muerte afrontada con valor y animada por la esperanza común.
“Por tanto no me compadezco por la suerte de los padres que estáis presentes, sólo me limitaré a consolarles. Ellos saben que entre las desventuras y peligros a que estuvieron sujetos durante su vida se han ganado una merecida felicidad alcanzando esta honrosa muerte como guerreros, al tiempo que vosotros recibís el dolor más honroso viendo coincidir la hora de su muerte con la medida de su felicidad. Sé muy bien cuán difícil es persuadiros. Ante la felicidad de los demás, felicidad de la que vosotros no habéis gozado, llegaréis en muchos momentos a recordar la memoria de vuestros desaparecidos. Ahora bien, sufrimos menos cuando nos privamos de los bienes que no hemos aprovechado que de la pérdida de aquellos a los que estamos habituados. Es preciso por tanto sufrirlo pacientemente y consolaros con la esperanza de tener otros hijos, aquellos de vosotros que todavía estáis en edad. En vuestra familia los hijos que tengáis en adelante os harán olvidar a los que ya no existen; y la ciudad ganará una doble ventaja: su población no disminuirá y la seguridad estará garantizada, pues lo que entregan a sus hijos al peligro en bien de la república, como lo han hecho los que perdieron a los suyos en esta guerra, inspiran más confianza que los que no lo hacen. En cuanto a los que no tenéis esta esperanza, recordad la suerte que habéis tenido gozando de una vida cuya mayor parte ha sido feliz; el resto será corto ¡que la gloria de los vuestros consuele vuestra pena!; sólo el amor de la gloria no envejece y en la vejez no es capaz de seducirnos el amor al dinero, como algunos pretenden, sino los honores que nos dispensan.
“Y vosotros, hijos y hermanos de estos muertos, pensad en lo que os obliga su valor y heroísmo. No hay hombre que no elogie la virtud y esfuerzo de los que murieron. A vosotros, a pesar de vuestros méritos, os será muy difícil alcanzar su mismo nivel, y no digamos superarlo. Porque, entre los vivos, el afán de emulación  provoca siempre la envidia, mientras que todos elogian y honran a los que mueren. También haré mención de las mujeres que han quedado viudas, expresando mi pensamiento en una breve exhortación: toda su gloria consiste en no mostrarse inferiores a su naturaleza y a que se hable de ellas lo menos posible entre la gente, tanto en bien como en mal.
“He terminado. Conforme a las leyes, mis palabras han expresado todo lo que me pareció útil. En cuanto a los honores reales, han sido ya rendidos en parte a los que aquí yacen más honrados por sus obras que por mis palabras. En adelante, sus hijos, si son menores, serán adecuados hasta su adolescencia corriendo los gastos a cargo del Estado. Es una corona ofrecida por la ciudad a fin de recompensar las víctimas de estas batallas y sus supervivientes; pues los pueblos que recompensan la virtud con magníficos premios obtienen también los mejores ciudadanos.
“Ahora, una vez que habéis llorado en honor de los desaparecidos, retiraos.”[1]
De esta manera se celebró el entierro en este invierno con el que acabó el primer año de guerra.[2]

[1] Final semejante al de la “Oración fúnebre” de Menexeno, en el diálogo homónimo de Platón.
[2] Se refiere al período que va de la primavera de 431 a la primavera de 430 a. C.


Etiquetes de comentaris: Atenas, democracia griega, filosofía política, Grecia clásica, guerra, historia, libertad, materiales, Oración Fúnebre, paz, Pericles, textos, Tucídides

jueves, 26 de marzo de 2020

El amor, el dolor y Dios en la poesía de Vallejo

La poesía de Vallejo está cargada de sentimientos extremos. En la más profunda tristeza como en el más sublime sentimiento de amor, el poeta siempre recurre a Dios. En los dados eternos,  recurre a Dios para reprocharle su dolor, su abandono. Vallejo se lamenta de ser para Dios un ser insignificante, minúsculo, en el que Dios no repara no siente lo que el poeta vive y siente. Vallejo muy jovencito todavía en Santiago de Chuco tenía una pareja, cuya relación concluyó. Ella se llamaba María. Cargado del dolor de la separación Vallejo escribió en los dados eternos recordando al final de aquellos versos que en su propia agonía y muerte tres Marías acompañaron a Cristo en el monte del Calvario, María la madre de Jesús, la hermana de su madre, María la de Cleofás y María la Magdalena: 

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomándote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡tú no tienes Marías que se van!

En otro momento de su poesía  –y con seguridad de su propia vida- Vallejo siente que su amada ha sentido dolorosa su relación con él. Por eso enfatiza el sacrificio –desde luego de su amada- por  su encuentro con él. Vallejo percibe que esa relación de su amada con él es dolorosa y, desde luego, fingida para ella. En esa relación, simbolizada por el “beso”, no existe el amor, existe el sacrificio puro y silencioso. Pero ella ha permanecido muda, callada, tal vez, resignada. El silencio junto al sacrifico se asemeja para Vallejo a la pasión y al sacrificio de Cristo.

/ Amada, en esta noche tú te has crucificado / entre los dos maderos curvados de mi beso;  Pero, nuevamente, tenemos a Vallejo llorando por el dolor, por la pena de ella:  / y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado, / y que hay un viernes santo más dulce que ese beso./

En ese desgarrado reproche a sí mismo es el dolor el que expresa amor, que nos habla del amor de quien así lo acepta. Aquí se trata del amor como sacrificio. Y encontramos en esas mismas líneas poéticas de Vallejo al amor presente engendrando dolor, doblemente dolor. El dolor duplicado en el dolor de la amada y, desde luego, también en el dolor del amante. 

Dios es el compañero permanente del poeta. Con Dios, Vallejo viaja y recorre todas las rutas. Dios está presente a su lado todo el tiempo. /Pero yo siento a Dios. Y hasta parece que él me dicta no sé qué buen color/ 

Su ausencia es la noche, la muerte. Sin Él Vallejo queda huérfano, se queda sólo: / Siento a Dios que camina / tan en mí, con la tarde y con el mar. / Con él nos vamos juntos. Anochece. / Con él anochecemos, Orfandad...
Vallejo encuentra a Dios profundamente humano, semejante a su criatura. Dios está cargado de bondad y de tristeza. Ellas  expresan las marcas sobresalientes de las personas buenas. Así como el hombre, Dios está cargado de amor y de tristeza. Dios debe estar enamorado como Vallejo, como el hombre. El enamoramiento es en Vallejo un extraño tipo de fatalidad, de engaño. Está fatalmente cargado de falsedad y de dolor: Oh, Dios mío, recién a ti me llego / hoy que amo tanto en esta tarde; hoy / que en la falsa balanza de unos senos, / mido y lloro una frágil Creación.

El amor y el dolor son para Vallejo una pareja inseparable. En Dios, ellos, amor y dolor, están reunidos. Dios está enamorado, está envuelto en amor, por eso llora. Este dolor superlativo, pues es el dolor de Dios es suficiente para Vallejo, para su Fe: Yo te consagro Dios, porque amas tanto; / porque jamás sonríes; porque siempre / debe dolerte mucho el corazón. 

Colofón: En Vallejo, pues, amor y dolor caminan juntos, se unimisman en Dios. Dios, personificado en Jesús, se transmuta por  amor, en el Cristo. Y ese terrible dolor en el monte Calvario, también hace que Jesús clamando al padre, como en la poesía Vallejiana, diga: Padre ¿por qué me haz abandonado? Vallejo encuentra, pues, en los textos bíblicos y en la tradición evangélica del hogar la fuente de su inspiración y reflexión poética. 

La comunidad, la identidad y la vida en la poesía de Vallejo

Resultado de imagen para vallejo con artistas españolesCésar Vallejo sentía que el mundo se extinguía bajo sus pies. La distancia, la lejanía de los suyos, del ambiente familiar, le hacía sentir la soledad. La ausencia de los suyos, de los más cercanos, dejaba un vacío en él mismo, que era la pérdida de todo, de incluso de su propia existencia. La ausencia de los cercanos es para Vallejo la privación de su propio ser, de su existencia absoluta. 
Cuando Vallejo pregona que todos han muerto él se siente, también, muerto con ellos. Para Vallejo, no hay duda, que él es parte de esa comunidad de personas, de animales, de cosas. Vallejo no es distinto a ese remolino de seres presentes en su vida cotidiana. Por el contrario. Esa comunidad de seres están vivos para que el viva. Ellos y la cotidianeidad de todos sus seres  con los cuales se relaciona viven en él. Si la huella de ellos en su retina, su existencia se fragmenta como una gota de agua en el aire. Sin todos esos personajes que con él conforman su mundo, ese mundo se convierte en una ficción, desaparece junto a él. Sin esa presencia el mundo en el que estaba es una ilusión. La fuerza de su existencia la conforman todos juntos. 
Por eso adquiere sentido cuando Vallejo proclama: murió mi eternidad. La condición de su eternidad es el conjunto de esos seres que se mueven y se reflejan  en su memoria,  en su corazón, en sus ocurrencias, en su actividad. Vallejo vive en la ronca Antonia, el cura Santiago, en la joven y rubia Carlota, en su tía Albina, en el viejo tuerto cuyo nombre no recuerda, en el perro Rayo, que murió de un balazo, en su cuñado Lucas, murieron con él su madre, su hermana, su hermano. Vallejo se sintió también muerto con la ausencia de Méndez, el músico borracho. La ausencia de todos ellos es su propia muerte. La vida, la existencia de los demás es la condición de su propia existencia 
Pero no se trata sólo de las personas o las cosas que la rodean, sino lo que ellas significan en su vida, lo que ellas trasmiten. Cada una de ellas adquiere plena identidad en su acción, en su trabajo, en sus cosas, en lo que hacen, en su vida y en su muerte. Ciertamente, que la vida de su entorno es su propia vida y su muerte, su final. El tiempo es implacable. Fue fulminante. Mató su entorno. Vallejo se sintió un sobreviviente, un fantasma que deambulaba sin ese entorno que le daba la identidad y la existencia. 
La comunidad da vida, su ausencia genera fantasmas vacíos. Sólo queda velar ese cadáver.     


domingo, 22 de marzo de 2020


CUATRO MODELOS DE DEMOCRACIA BAJO EL LIBERALISMO, SEGÚN MACPHERSON

Por: Oscar Pequeño Valdivia



En la comprensión de los fenómenos sociales, políticos y culturales es de suma utilidad formular tipos puros a los que se llega a partir de la abstracción de las características individuales, construyendo modelos a partir de los fenómenos históricos concretamente determinados. Uno de los grandes propulsores de este tipo de metodología fue Max Weber, propuesta metodológica que ha sido recogida por diversidad de estudiosos. Uno de ellos es MacPherson, catedrático en ciencia política en la Universidad de Toronto,  quien nos propone  la formulación de cuatro modelos históricos para entender la democracia liberal  señalando sus caracteres más destacados.
Los modelos, de los que nos ocuparemos de manera sucinta, en las próximas líneas, son los siguientes: 
a)   Primer Modelo: La democracia como protección
b)   Segundo Modelo: La democracia como desarrollo.
c)   Tercer Modelo: La democracia como equilibrio.
d)   Cuarto Modelo: La democracia como participación.
Veamos cada uno de los modelos.
a)       Primer Modelo: La democracia como protección
Los dos primeros exponentes de la democracia liberal fueron Jeremías Bentham y James Mill. Estos pensadores defendieron la democracia liberal partiendo de los supuestos de una sociedad capitalista de mercado y las leyes de la economía política clásica. Bentham y Mill, a su vez, extrajeron, de su época, un modelo de hombre (maximizador de utilidades) y un modelo de sociedad (suma de individuos con intereses en conflicto). A partir de estos modelos y del principio ético de igualdad, dedujeron la necesidad de un gobierno, y a partir de ahí, cuál era el sistema deseable de elegir y autorizar los gobiernos. De estas concepciones, de la que partieron los padres del utilitarismo -modelo de mercado competitivo del hombre y de la sociedad y principio ético de igualdad-, formularon la necesidad del sufragio democrático, aunque lo plantearan de una manera llena de reservas y no de una forma clara.
El fundamento del utilitarismo se sustentaba en la búsqueda de la felicidad entendida como la cantidad de placer individual una vez restado el dolor. Socialmente, consistía en la búsqueda de la mayor felicidad del mayor número. La dificultad estaba en que todos y cada uno de los individuos persiguen el mismo fin: la felicidad que no se encuentra sino de manera escasa, por lo cual se produce el conflicto al pretender  cada individuo llevar consigo su propio placer sin ningún límite. “A cada porción de riqueza –sostenía Bentham- corresponde una porción de felicidad”[1] Sin embargo, la felicidad no aumenta en la misma proporción en que se incrementa la riqueza, por efecto de la Ley de la utilidad decreciente. En consecuencia, el principio ético fundamental consistiría en la búsqueda de la mayor cantidad de felicidad neta  que pudiera alcanzar el conjunto de la sociedad. De esa manera según el principio ético utilitario “el mejor conjunto de leyes, la mejor distribución de derechos y obligaciones, serían los que produjesen la mayor felicidad para el mayor número” A su vez, este objetivo fundamental, podía dividirse según Bentham en cuatro objetivos subordinados: “facilitar la subsistencia, producir la abundancia, favorecer la igualdad y mantener la seguridad”
Para Bentham, los objetivos de la legislación, atendiendo a los cuatro objetivos subordinados, equivalen a la defensa de un sistema de propiedad privada ilimitada y de empresa capitalista, y todo ello aparentemente deducido a partir de los postulados fácticos relativos a la naturaleza humana. Veamos cada uno de ellos.
Con relación a la subsistencia, las leyes no tienen que hacer nada para asegurar que se produzca lo suficiente para proveer a la subsistencia de todos, pues la necesidad llevará a los hombres a producir lo necesario para atender a sus necesidades. Lo que sí pueden hacer las leyes, en cambio, es proteger a los hombres en su trabajo y brindarles la seguridad para alcanzar los  frutos de su trabajo. En la sociedad primitiva, con bajísimos niveles de productividad y la amenaza del hambre consiguiente, el hombre estaría obligado a la actividad productiva permanente. Pero en la sociedad capitalista, que nacía después de la Revolución industrial, la elevada productividad del trabajo, no debería poner a la sociedad en este límite inferior al que obligaba la precariedad de la subsistencia. Sin embargo, la sociedad capitalista habría creado condiciones institucionales por la cual un amplio sector social no dispondría ni de tierras ni de medios de producción propios que le permitieran gozar de las mismas condiciones del desarrollo tecnológico del que gozaría quienes w disfrutaban de esa propiedad. Este sector no tendía sino la posibilidad de volver cada día al mercado de trabajo para vender lo único de que dispondría: su propia fuerza de trabajo.
Con relación a la abundancia, Bentham sostiene que no hace falta legislación alguna para alentar a los individuos a producir bienes abundantes  pues los deseos por esos bienes, naturalmente, son infinitos. Bentham no puede ver que esa apreciación suya tan exacta para los empresarios capitalistas o al propietario de grandes inmuebles no es exacta cuando se trata de los asalariados, tan próximos a la indigencia. No lo advierte porque -como escribe Macpherson- “ha creado su modelo de hombre a la imagen del empresario o del productor independiente. Y podía crear ese modelo porque no tenía sentido de la historia”[2]
Cuando llegamos a sus planteamientos sobre la igualdad y seguridad, advertimos plenamente hasta que punto su aceptación del capitalismo socaba su principio ético igualitario. Con respecto a la igualdad su argumento se basó en lo que se reconocía como ley de utilidad decreciente que sostiene que los incrementos sucesivos de riqueza aportan sucesivamente menos satisfacción a su propietario. De lo que se sigue que quien tiene más riqueza tiene más felicidad, pero también que el exceso de felicidad del más rico no será tan grande como el exceso de su riqueza. De aquí concluye que la felicidad será mayor cuando la distribución de la riqueza se aproxime más a la igualdad, el máximo de felicidad total requiere que todos los individuos tengan igual riqueza. Sin embargo, como los hombres difieren en cuanta capacidad y energía, unos pueden producir más que otros. Pero para que su propiedad pueda garantizarse se necesita seguridad. Sin la seguridad, de los frutos del trabajo, nadie tendría los incentivos para producir más. Simplemente, la civilización, sin seguridad, sería imposible. De ahí que entre la igualdad y la seguridad, la Ley no debe titubear: “La igualdad ha de quedar en segundo lugar”[3]
No contento con predicar la seguridad de los frutos del propio trabajo, Bentham sostuvo la necesidad de garantizar todo tipo de propiedad existente. Su argumento sostiene que derrocar a cualquier sistema existente de propiedad  equivale a hacer imposible cualquier otro sistema de propiedad. Este postulado se sostiene  sobre la base de un error histórico. El derrumbe del  sistema feudal de propiedad no impidió la presencia del sistema capitalista de propiedad, por ejemplo.
En realidad a Bentham no le interesó sino defender la ética del capitalismo, Así, el sostener que la seguridad de la propiedad maximiza la productividad, al mismo tiempo que perpetúa la desigualdad, no es decir que maximice el total de placer o de utilidad. Este cambio de terreno es ilegítimo  porque, conforme a su propio principio de la utilidad decreciente, una riqueza nacional menor distribuida por igual, podría rendir una utilidad total mayor que una riqueza nacional mayor distribuida desigualmente.
¿Qué tipo de Estado hacía falta para este tipo de sociedad?  
”Era un problema doble: el sistema político debía producir gobiernos que establecieran y protegieran una sociedad de mercado libre y, al mismo tiempo, protegieran a los ciudadanos contra la rapacidad de los gobiernos. Sin embargo, Bentham nunca tuvo mucho entusiasmo por el sufragio democrático, aunque se viera obligado a aceptarlo. Su razonamiento  en defensa de un sistema democrático se limita exclusivamente a la protección: “La democracia, pues, tiene como característica y como efecto asegurar a sus miembros contra la opresión y la depredación a manos de los funcionarios a los que emplea para defenderla”[4]  En principio sostenía la defensa del sufragio universal, pero sostenía que no había llegado el momento: pues pondría en peligro la reforma parlamentaria. Además, no expuso el principio del sufragio democrático hasta que se persuadió de que los pobres no utilizarían sus votos para nivelar la propiedad, ni para destruirla.
Fue James Mill quien, en 1820, adujo el argumento más vigoroso en pro del sufragio universal. Su razonamiento principal es más directo que el de Bentham, pero esencialmente parecido. Empieza con el postulado más extremo que jamás se haya hecho acerca del egoísmo.  El voto era poder político. Por eso todos necesitaban del voto para defenderse. En un artículo titulado Del Gobierno sostuvo que sería prudente excluir a las mujeres, a los hombres de menos de 40 años y al tercio más pobre de los hombres de más de 40 años. La única decisión difícil para Mill fue la de qué decir acerca del requisito de la propiedad. La defensa del sufragio de todos los varones sin un requisito censitario podría asustar a la clase media, la defensa de un  requisito de propiedad que excluyera a una parte considerable de la clase obrera significaría perder el apoyo de ésta. Mill no encontró otro medio que oscilar como un péndulo: Un día escribía un artículo en un sentido; otro día, en otro artículo, defendía el principio contrario.  Las oscilaciones de MIll en su artículo Del Gobierno son perfectamente paralelas: La discordancia entre sus dos series de principios, una que requiere el sufragio universal, y la otra que permite enormes exclusiones, no resulta “muy visible” gracias a su recomendación de un sufragio restringido sólo hipotéticamente. Más adelante negó que estuviera defendiendo la exclusión de las mujeres, como tampoco la de los menores de 40 años. Las oscilaciones del artículo Del Gobierno se complementan con las seguridades que Mill da a sus lectores, al final del mismo artículo, de que no cabe temer ningún peligro de la concesión del sufragio a la clase baja, porque la inmensa mayoría de esa clase se dejaría siempre guiar por la clase media. En un artículo, séis años después, consagrado a la defensa del voto secreto, Mill escribía que “el negocio del gobierno es, y debe ser, el negocio de los ricos, los cuales siempre lo obtendrán, por las buenas o por las malas. Todo depende de esto. Si lo obtienen por las malas, el gobierno será malo. Si lo obtienen por las buenas, el gobierno será bueno. El único medio bueno de obtenerlo es por sufragio libre del pueblo”[5]  
En este modelo, fundador de la democracia para una sociedad industrial moderna, no existe entusiasmo por la democracia, ni una idea de que pudiera ser una fuerza moralmente transformadora. El gobierno responsable era necesario para la protección de los individuos y la promoción del Producto Nacional Bruto, y para nada más. El modelo fundador de la democracia liberal tomaba al hombre como era, al hombre configurado por la sociedad de mercado, y suponía que era inalterable. Y esa sociedad y esos individuos a los que respondía este Modelo, seguían manteniéndose fuertes, pese a que los humanistas los rechazaran, a fines del siglo XIX y en el siglo XX.
b)       Segundo Modelo: La democracia como desarrollo.
A mediados del siglo XIX se produjeron dos cambios que llamaron la atención de los pensadores liberales, cambios que requerían un modelo de democracia completamente distinto. Uno de ellos fue que la clase obrera estaba empezando a resultar amenazadora para la propiedad. El otro fue que la condición de la clase obrera estaba haciéndose tan descaradamente inhumana que los liberales sensibles no podían aceptarla como justificable moralmente ni como inevitable económicamente. Ambos cambios estimularon la convicción de que hacía falta un nuevo modelo de democracia. El primero que lo fue John Stuart Mill.
Mil, estaba convencido de que no se podría estar excluyendo o reprimiendo a “los pobres” durante mucho más tiempo. “Las clase trabajadoras han tomado sus intereses en sus propias manos y están demostrando constantemente que, a su juicio, los intereses de sus empleadores no son idénticos a los suyos, sino opuestos a ellos… Los pobres ya se han liberado de sus andaderas y tuya no se los puede gobernar ni tratar como si fueran niños”[6]
Modelo 2A: La democracia como desarrollo de J. S. Mill
El modelo de democracia de Mill es un modelo de democracia moral, escribe Macpherson. Lo que lo distingue más claramente del modelo Nº 1es que tiene una visión moral de la posibilidad de que la humanidad mejore y de una sociedad libre e igual no conseguida todavía. Se valora el sistema democrático como modelo para alcanzar esa mejora, como medio necesario aunque no suficiente; y se entiende que una sociedad democrática es al mismo tiempo un resultado de esa mejora y un medio de conseguir más mejoras. En la raíz del modelo de democracia de Mill, el hombre es un ser capaz de desarrollar sus facultades o sus capacidades. La esencia del hombre consiste en ejercerlas y desarrollarlas. El hombre no es esencialmente un consumidor y un apropiador como en el modelo Nº 1, sino alguien que ejerce, desarrolla y disfruta de sus capacidades. La buena sociedades la que permite y alienta a cada uno a actuar, de modo que ejerza, desarrolle y disfrute con el ejercicio y el desarrollo de sus capacidades.
Al ofrecer este modelo, del hombre y de la sociedad, deseables, Mill sentó el tono que iba a prevalecer en la teoría democrática liberal, y que dominó, por lo menos, el concepto angloamericano de la democracia hasta mediados del siglo XX, aproximadamente. Los partidarios ulteriores de la democracia como desarrollo abandonaron más tarde la estipulación restrictiva de J. S. Mill a su modelo pero la visión central y el argumento favorable siguieron siendo en gran parte los mismos. Esta es la democracia de Hobhause y Lindsay y Ernest Baker, de Woodrow Wilson y John Dewey y MacIver. Esta es la democracia por la cual se combatió en la primera guerra mundial. A Mill le había afectado mucho la incompatibilidad que advirtió  entre las exigencias de un desarrollo humano igual y las desigualdades de clase en materia de poder y de riqueza. Sus seguidores del siglo no pensaron que este fuera un problema o se podría superar de una forma u otra; por ejemplo, mediante una resurrección de la moral idealista, o con un nuevo nivel de conocimientos y comunicaciones sociales.
La sociedad en la percepción del Modelo Nº 2 no tiene que ser y no debía ser, lo que el Modelo Nº 1 suponía que era y sería siempre. No tenía que ser, y no debía ser, una masa de consumidores y apropiadores competitivos, conflictivos y egoístas. Podía y debía ser una comunidad de personas que ejercitaran y desarrollaran sus capacidades humanas. Pero no lo era todavía. El problema era lograr que avanzara en esa dirección. El argumento en pro de la democracia era que daba a todos los ciudadanos un interés directo en los actos del gobierno, y en un incentivo para participar activamente, por lo menos hasta el punto de votar por un gobierno o en contra de él.  En ese aspecto la democracia haría que la gente fuese más activa, enérgica. Los haría avanzar en cuanto a intelecto, virtud y actividad práctica y eficacia. La versión igual del Modelo Nº2 es aritméticamente un paso más respecto del Modelo Nº1, que estipulaba, al menos en principio, “un voto por persona”. Pero en su dimensión moral, el Modelo Nº 2 es más democrático que el Modelo Nº 1.El modelo Nº2 no se queda satisfecho con el hombre como consumidor y un apropiador infinito. Aspira a pasar a una sociedad de individuos más desarrollados humanamente, y desarrollados de forma más dual. No aspira a imponer una utopía al pueblo sino a lograr que el pueblo llegue a la meta por sí mismo.
Mill deploraba los efectos que tenía la sociedad existente de mercado. Deploraba muchísimo la relación existente entre capital y trabajo, que envilecía tanto al capitalista como al trabajador. Creía que no podría haber una sociedad humana decente hasta que se transformara esa relación. Cifraba sus esperanzas de transformación en el desarrollo de las cooperativas, donde los trabajadores se convertirían en sus propios capitalistas. Mientras tanto aceptaba el funcionamiento del sistema competitivo de mercado.
El motivo por el que el sufragio universal de los varones no trajo consigo el gobierno de clase que había temido Mil fue el extraordinario éxito con el que el sistema de partidos logró domesticar la democracia. La principal función que ha desempeñado de hecho el sistema de partidos en las democracias occidentales desde el comienzo dl sufragio democrático ha sido suavizar las aristas de los conflictos de clase temidos o probables, o, si se prefiere, moderar y aquietar un conflicto de intereses de clase con objeto de proteger las instituciones de la propiedad existentes y el sistema de mercado contra todo ataque eficaz. El sistema de partidos, en cualquiera de sus variantes, era el medio por el que se realizó la función de difuminar las diferencias de clase todavía subyacente.
El sistema de partidos ha sido el medio de reconciliar el sufragio igual y universal con el mantenimiento de una sociedad desigual. Lo ha logrado al difuminar las cuestiones y reducir la responsabilidad del gobierno ante los electores. Ha tenido que hacer ambas cosas fin de desempeñar las funciones que se le piden en una sociedad desigual. Así ha fracasado, como tenía que fracasar, en cuanto a inducir la participación popular  generalizada en el proceso político que exigía el Modelo Nº 2, y por lo tanto, no logrado el desarrollo del individuo activo como ciudadano, ni ha promovido la comunidad moral como esperaba el Modelo Nº 2.
Modelo 2B: La democracia como desarrollo en el siglo XX
Los demócratas liberales que siguieron a J. S. Mill, seguían haciendo la defensa del desarrollo, o sea, el argumento de Mill sin la propuesta del voto plural. El tono, y la justificación básica ideal que en todos  los teóricos importantes, ingleses y estadounidenses, de la primera mitad del siglo XX idealistas como Barker, Lindsay y MacIver; Pragmática como Dewey; o a la utilitaria modificada. Las únicas excepciones fueron los pocos teóricos  que trataron explícitamente de combinar los valores liberales con  algún tipo de socialismo.
Mill había advertido la contradicción entre su ideal democrático y la sociedad  dividida en clases y explotadora de su propia época. Mil no suponía que el proceso político democrático. Éste no suponía que el proceso político democrático por sí sólo pudiera superar la división de clases y la explotación también cifraba sus esperanzas en otras cosas, como las cooperativas de producción, la educación de la clase obrera, etc. En cambio, Lindsay, por ejemplo lo que esperaba de la democracia se reducía a un florecimiento más animado de las asociaciones democráticas pluralistas y no políticas, “como las iglesias y las universidades”. En general, los teóricos de la democracia liberal del siglo XX se permitieron esperar que la cuestión de clase se viera reducida por el Estado del bienestar y regulador, que la sociedad democrática fuera compatible con una sociedad capitalista de mercado. Para MacIver la tarea que correspondía al Estado democrático; tarea que efectivamente desempeñaba, aunque sea de forma anticipativa, era expresar e imponer la voluntad general mediante la representación de los hombres como ciudadanos, y no como defensores de intereses particulares.  
Para Dewey,  que escribía bajo el imperio de la depresión, hacía falta un alto grado de control social las fuerzas económicas, manifestándose partidario de una “coordinación planificada del desarrollo industrial”. Lo que hacía falta, por encima de todo, era que los liberales aplicasen a las relacione sociales y la dirección social el método de “inteligencia experimental y cooperativa”. Estos ideólogos de la democracia durante el siglo XX habían aceptado inconscientemente la imagen del proceso político democrático como un mercado, un mercado libre en el que todo podría funcionar con grandes beneficios para todos (o con el menor perjuicio para todos).
El hecho que los teóricos del desarrollo no pudieran ver las diferencias entre el sistema democrático vigente, tan parecido a un mercado (aunque distara de ser un mercado plenamente competitivo) y sus esperanzas idealistas de desarrollo fue lo que llevó al fracaso del Modelo 2B
c)       Tercer Modelo: La democracia como equilibrio.
Este modelo llegó a imperar en los años centrales del siglo XX. A este modelo podría calificársele como modelo elitista pluralista de equilibrio. Es pluralista porque este modelo ha tratado de adaptarse a sociedades formada por un conjunto de individuos cada uno de los cuales se ve atraído en muchas direcciones por sus diversos intereses. Es elitista en el sentido en que asigna el papel principal en el proceso político a grupos de dirigentes que se escogen a sí mismos. Quien fue el primero que formuló sistemática, aunque brevemente, el Modelo N° 3 fue Joseph Schumpeter en unos cuantos capítulos de su influyente obra Capitalismo, Socialismo y Democracia.
En el modelo político se suponía que los políticos y los votantes eran maximizadores racionales y actuaban en circunstancias de libre competencia. La competencia entre los políticos por el voto de los ciudadanos es el motor del sistema. Todos ellos concluyen que este mecanismo produce, efectivamente, un equilibrio estable. Este modelo conduce a ala apatía de los ciudadanos. Bajo un sistema de partidos en una sociedad desigual con sufragio masivo requiere que se difuminen las cuestiones y disminuya la responsabilidad de los gobiernos ante los electores y ambas cosas reducen los incentivos de los votantes para esforzarse en formular una opción. Un motivo frecuente de abstención en las elecciones es la sensación de que no hay entre quien escoger. Sin embargo, í suelen señalar que el funcionamiento con éxito del sistema requiere de unos niveles de apatía como los actuales: una participación mayor pondría en peligro la estabilidad del sistema.
El modelo N°3 seguirá siendo el, modelo descriptivo más correcto, y se seguirá aceptando como modelo justificativo suficiente, mientras en las sociedades occidentales sigamos prefiri4endo la abundancia a la comunidad  (y creyendo que la sociedad de mercado puede aportarnos a la abundancia indefinidamente) y mientras sigamos aceptando la opinión de que la única alternativa al Modelo N° 3 es un Estado totalitario absolutamente antiliberal. En otras palabras podríamos decir que el sistema de élites competitivas con un nivel bajo de participación ciudadana necesario en una sociedad desigual, la mayor parte de cuyos miembros se consideran a sí mismos  consumidores maximizadores.
El que cada día se planten más dudas acerca de la idoneidad de este sistema no se puede tomar, por desgracia, como prueba de que nos hayamos alejado lo suficiente de la desigualdad y de la conciencia de nosotros mismos como esencialmente consumidores para hacer que resulte posible un nuevo modelo.
d)       Cuarto Modelo: La democracia como participación.
En primer lugar parece irresoluble el problema de la democracia participativa a escala masiva. Sin embargo, el principal problema de la democracia participativa no es como funciona, sino cómo llegar a ella. Aún tenemos dificultades para encontrar el camino para llegar a la democracia participativa, tal como está organizada la sociedad capitalista, que nos aparta de los requisitos indispensables para el funcionamiento de la democracia participativa. Sin embargo, en medio de todo  han venido ocurriendo algunos cambios importantes en la sociedad queque estaría eliminando o debilitando algunas barreras que acercarían la posibilidad de ir conformando los requisitos necesarios para el inicio de la democracia participativa: Uno de ellos es la conciencia de la gente que pasa a verse ya no como consumidores maximizadores, sino como personas que ejercitan sus propias capacidades. El otro requisito previo es una gran reducción de la desigualdad social y económica actual, pues esa desigualdad requiere de un sistema no participativo  de partidos a fin de que la sociedad funciones. Pero estos dos requisitos conformarían un círculo vicioso: para la toma de conciencia es necesario la reducción de la desigualdad, pero para reducir la desigualdad es indispensable la toma de conciencia.
Existen, sin embargo, diversas fallas en la estructura protectora de la exclusión democrática.: la conciencia cada vez mayor de los costos  del crecimiento económico, la conciencia cada vez mayor de los costos de la apatía política, y las dudas cada vez mayores acerca de la capacidad del capitalismo de gran empresa para satisfacer las expectativas de los consumidores al mismo tiempo que reproduce la desigualdad.
Identifiquemos en primer lugar en  qué circunstancias no funcionaría un sistema de democracia participativa. Se pueden señalar provisionalmente tres: La primera de ellas una amenaza de guerra externa o de peligro de subversión antidemocrática. La segunda circunstancia  en la que no funcionaría un sistema participativo sería si reaparecieran la división y la oposición subyacentes de clases. Una tercera circunstancia en el que no funcionaría un sistema de consejos de participación directa sería si la gente de base fuera apática. No podría llegar a ese sistema sino un pueblo que se hubiera desprendido de su apatía política.
En síntesis, un sistema piramidal de consejos como modelo de democracia participativa sería posible en cualquier país occidental en la medida en que se hubieran logrado las condiciones previas necesarias para la transición, hacia un sistema participativo, no tuvieran los impedimentos más obvios para que el consejo piramidal fuera auténticamente democrático. El factor más importante en este caso es la existencia de partidos políticos. El modelo sencillo no les deja lugar. Contempla un sistema sin partidos o de un solo partido. La verdadera cuestión queda reducida a saber su existe alguna forma de combinar una estructura piramidal de consejos con un sistema de partidos competitivos.






[1] BENTHAM, Jeremías: The Theory of Legislation. Ed. C.K. Ogden, p.103. Londres, 1931
[2] MACPHERSON, C. B.: La democracia liberal y su época. Alianza Editorial. Madrid, 1991.  p. 41.
[3] BENTHAM, Jeremías: Principles of the Civil Code, Parte I, Cap. 11 Ogden , p. 120
[4] BENTHAM, Jeremías: Constitutional Code. En Works, ed. Bowring, iii, 599

[5] “On the Ballot”. Westminster Review, julio de 1830. Citado por MACPHERSON, C. B.: La democracia liberal y su época. Alianza Editorial. Madrid, 1991.  p. 55.

[6] J.S Mill: Principios de Economía Política, Editorial Fondo de Cultura Económica. Libro IV, Cap. 7, Secc. 1 y 2