viernes, 20 de marzo de 2020

Discurso- El gran dictador


La Guerra de los 30 años


Legitimidad Política

En 1548, Étienne de La Boétie, escribía 
“Hay tres tipos de tiranos. 
 Unos, reinan por elección del pueblo, 
 otros por la fuerza de las armas, 
y los del tercer tipo reinan por sucesión de casta” 
 (Discurso de la servidumbre voluntaria, 
publicado en 1576). 


¿A qué se refería La Boétie cuando un gobernante se convertía en tirano? O, lo que es lo mismo. ¿Cuándo un gobierno se transformaba en una tiranía no obstante haber sido elegido por un pueblo?

Estas interrogantes nos conducen a tratar el tema de la legitimidad de los gobiernos, es decir, de los que administran un Estado. Sea que estos gobiernos sean Repúblicas democráticas o sean Monarquías hereditarias, es decir,  procedan o no por elección popular. 

Legitimidad es un concepto abordado por la Ciencia política, para referirse al reconocimiento voluntario, del mandato de la autoridad por los gobernados. 

Este concepto se encuentra en el centro de la teoría contractualista del Poder. Esta teoría supone que entre gobernantes y gobernados existe una suerte de contrato o acuerdo voluntario en que una persona o un grupo de personas (gobernantes) son reconocidos por una comunidad o sociedad (gobernados) para aceptar el dominio o mandato a los que deben obedecer. De esta manera, tanto  los que mandan como los que obedecen, proceden legítimamente.

Fue el mencionado filósofo francés Étienne de La Boétie el primero que formuló este concepto tan caro a la filosofía política, en plena guerras religiosas del siglo XVI en Europa, buscando persuadir a las partes en conflicto sobre la tolerancia de unos y otros evitando la violencia entre los bandos. Pero, aun sin conseguir apaciguar los ánimos, logró obtener algunos seguidores, entre ellos, a su admirador y amigo Michel de Montaigne. Desde luego, Montaigne no fue el único seguidor de La Boétie. Los jesuitas también se preguntaron sobre la legitimidad de los actos del Monarca.

El jesuita Juan de Mariana, siguiendo las ideas de La Boétie defendió la legitimidad del tiranicidio en su libro El rey y la institución real, publicado en 1589.  

Otro jesuita, español, natural de Granada, una de las principales figuras de la Escuela de Salamanca, Francisco Suárez de Toledo Vázquez de Utiel y González de la Torre, teólogo, filósofo y jurista, quien fuera considerado como uno de los más destacados escolásticos, conocido como Doctor Eximius (1548-1617), también defendió la idea del Contrato social  en su  Tractatus de legibus ac Deo legislatore. La reflexión de Suárez tiene su origen en el cuestionamiento de Jacobo I, de Inglaterra, quien buscaba que sus súbditos le juren lealtad, sosteniendo que el juramento no es vínculo de obediencia para los gobernados si sus actuaciones y mandatos son injustos 

Suárez sostiene que cuando desaparece la autoridad legítimamente constituida, el poder retorna al pueblo, que conserva el poder originario, aun cuando exista un rey legítimo.  Para el filósofo y teólogo jesuita el origen del mandato no basta. El ejercicio legítimo de la autoridad del rey debe sostenerse sobre la legitimidad de su ejercicio. 

Así, Suárez reconoce el derecho de la comunidad política a la desobediencia civil contra las leyes injustas, aunque procedan de un poder adquirido legítimamente, puesto que tales leyes, al ser injustas, pierden el rango de ley. De tal modo, la legitimidad del mandato deberá sostenerse en la legitimidad de los actos de la autoridad. Caso contrario, se justifica la desobediencia civil. De este modo, si la respuesta a un gobierno legítimo es la obediencia, la respuesta a un gobierno ilegítimo o que ha perdido legitimidad es la desobediencia civil. No podemos ocultar aquí que las motivaciones de Suárez y del Vaticano en aquellos años de guerra religiosa, eran de disputa internacional entre la iglesia anglicana y la católica y romana.

Un siglo después de las reflexiones del francés Étienne de La Boétie y de séis décadas más tarde de los jesuitas españoles, Thomas Hobbes (1588-1679), publicó en 1651, su Leviatán, sobre el acuerdo de la comunidad política para la creación del Estado para defenderse de la ambición y violencia humana. Partía Hobbes de que entre los seres humanos predomina la ambición de dominio a través de la violencia de todos contra todos. De la argumentación propuesta por Hobbes nace el contractualismo moderno, como origen del Estado y, desde luego, de la autoridad de los gobernantes y la obediencia de los gobernados. De ahí en adelante, será legítimo cumplir con el contrato social, o sea en la autoridad concedida a los gobernantes para protección de los gobernados. De ese modo, el mandatario que incumpla con el contrato tendría un gobierno marcado por la ilegitimidad de su ejercicio.

Para Hobbes, como Locke y Rousseau, que buscaron la construcción del nuevo  orden, que garantizaría las actividades del naciente capitalismo, el Estado es el garante de las condiciones de reproducción de la vida y ésta sólo podría garantizarse bajo la reproducción de los medios de trabajo y de vida. El hombre en estado de naturaleza, vale decir, antes de la presencia del Estado, existe bajo el peligro permanente, bajo la amenaza de  una guerra de todos contra todos. Esto lo obligaría a buscar en el pacto de ceder parte de su voluntad y de su libertad a una maquinaria poderosa, que él llamó el Leviatán, que pueda mantener a raya la amenaza y el peligro, a la que se encontraría sometido, renunciando a la violencia a favor de la paz, transformando, así, la sociedad en estado de naturaleza en una comunidad política, es decir, una comunidad social, bajo el dominio del Estado. El pacto social considerado por Hobbes significa, de una parte, garantizar la seguridad de los miembros de la sociedad a cambio de la pérdida de la libertad. La forma de Estado propuesta formulada por Hobbes fue el de la dictadura.

El filósofo inglés John Locke (1632-1704) ha sostenido en su segundo Tratado del Gobierno Civil que la legitimidad del gobierno que ningún gobierno es legítimo sin el consentimiento de los gobernados, y ese consentimiento solamente puede ser expresado mediante una decisión mayoritaria. Y, ese mismo gobierno, perderá legitimidad, es decir, el consentimiento voluntario de los gobernados en la medida que no sepa defender cualquiera de los derechos reconocidos en la comunidad política, a saber, el derecho a la vida, a la propiedad y a la libertad. 

El filósofo ginebrino Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) tuvo una obra fundamental, El Contrato social, publicada el año 1762  cuyas ideas centrales son: La estructura social está controlado por una Constitución Política que asegura las diferentes libertades sobre la base de igualdad, sustento de la democracia. El orden jurídico se sustenta en el principio de legalidad, sostenida en las libertades de conciencia y de pensamiento. El gobierno que administra el Estado para asegurar a todos igualdad de oportunidades en cuanto a educación, se sostiene en el principio de elecciones libres. El Estado deberá asegurar la igualdad de oportunidades y la libre elección de ocupación. Los gobiernos deberán evitar que se establezcan privilegios y restricciones de los mercados. Garantizar la igualdad de oportunidades a toda la sociedad, ofreciendo condiciones sociales mínimas que el gobierno protegerá mediante subsidios especiales a las familias con mayores necesidades.

La legitimidad de los gobiernos, bajo esta concepción de Rousseau, se sostiene en la voluntad popular expresada en la elección de los ciudadanos y en el cumplimiento de las obligaciones del Estado en la protección de los derechos de la  sociedad. 

     

Mi encuentro con Marx


Tenía quince años cuando cursaba el tercer año de secundaria y me tocó entre las lecciones de uno de los libros de historia universal un capítulo dedicado a la Revolución de 1848. Cómo se planteaban una serie de controversias sobre el período aquel, me puse a investigar.


Era frecuente en mí, al menos desde los trece años, indagar lo que no me parecía suficientemente claro. En esa época me puse a estudiar la Crítica de la razón pura de Manuel Kant. Esta inclinación por explorar me la generó mi padre, porque todo lo que no sabía, cuando era más pequeño, le preguntaba a él.

Desde esa época él me decía si no sabes es mejor que busques en los libros, si no los encuentras en casa, lo buscas en la biblioteca nacional. Cuestión que, pienso, marcó en mí esa inclinación por la búsqueda sin fin. Bueno, pues, volvamos a retomar mis primeros recuerdos de mi encuentro con Marx.


En el libro escolar de Historia Universal, Edad Contemporánea, figuraba un cincograbado del Manifiesto comunista. Era el manifiesto que terminaron de escribir Marx y Engels en diciembre de 1847, pero que figura como si fueran las trompetas que llamaron a rebato para que los ejércitos de desarrapados y el proletariado europeo invada las calles y preparara las barricadas que recorrieran Europa como el fantasma del comunismo en 1848.


Era emocionante conocer de una historia secreta que no había escuchado a nadie decirla. Se trataba de una nueva e intrigante noticia para mis cortos quince años. ¿Qué había detrás de toda esa trama? me preguntaba.

La intriga de esa información a media voz me impulsó a seguir buscando la huella que me permitiera descubrir la causa de todo eso. Me fue difícil enfrentar un hecho como ese. La formación católica era una reja que se anteponía a mi búsqueda en aquellos años. El atrevimiento a cruzar la línea de lo prohibido lo sentía como una transgresión a un mandato que se había hecho carne y pálpito interior. Era el mandato de lo prohibido que se batía a muerte contra el intento de búsqueda de la verdad.

El peso de la tradición se imponía como un peso demasiado grande sobre mi afán de búsqueda. Pero la verdad no formaba parte de aquello considerado como parte del bien? Las murallas de lo prohibido eran frágiles a pesar de todo. De todos modos -pensaba- tenía que estar preparado. Siempre escuché que siempre era posible ser engañado. Muy bien podía tratarse de los cantos de sirena que siempre amenazaron con quebrar nuestra más atenta vigilia. Por cierto que, dadas las circunstancias, nada me impedía como enfrentarme a nuevos puntos de vista, a nuevos argumentos.

Me consideraba reflexivo ¿Acaso no siempre como había sabido hasta aquellos momentos, a esos acontecimientos histórico-políticos, no los habían precedido otros, un par de siglos antes, aunque cubiertos por disputas de carácter religioso. Entonces consulté y me premuní de alguna armadura teológica que encontré en la doctrina conocida y difundida por la iglesia católica, la dogmática y la apologética, en la lucha ideológica contra movimientos similares que amenazaban desbaratar mis convicciones edificadas desde la más tierna edad.

Después de esta tarea previa, avancé en la revisión de los documentos y en la historia del movimiento. Estudié la filosofía en debate. Pronto se hicieron familiares a mis preocupaciones no solo los nombres de Marx y Engels, sino los filósofos, economistas, ideólogos de esa época y los que las abordaban. Por supuesto que ingresé con avidez a los debates, a los libros de historia para precisar de lo que se trataba a cada instante. Comencé no solo a la lectura de libros como el Manifiesto de Marx y Engels, sino también al Anti-Düring de Engels la que revisé en un par de viejas ediciones en la Biblioteca Nacional. El libro de Marx sobre Ludwig Feuerbach y el Fin de la Filosofía clásica alemana me resultó de mucho interés. Compré un libro síntesis de El Capital –que era el único que circulaba en Perú-, lo que me llevó a buscar otros materiales más precisos y encontré una edición argentina en rústica de La contribución a la crítica de la economía política de Marx. Pero comencé a ver en los escritos de Marx no sólo la maestría y agudeza de su pensamiento sino la riqueza literaria de sus formulaciones como lo que exponía en el conjunto de ensayos reunidos en La Sagrada Familia, donde discutía los postulados de los discípulos de Hegel y la filosofía clásica alemana. Ésta no me era extraña. Recordaba esa prematura lectura a la Crítica de la razón pura del gran filósofo de Köenisberg, antes parte de la Prusia oriental, hoy Kaliningrado, el territorio más occidental de la Federación Rusa.

Pronto estuve en condiciones de discutir con mis profesores sobre los temas de la economía y la filosofía de Marx. Paralelamente al estudio de Marx me interesé en los estudios de la Historia que siempre me encantaron, desde muy pequeño. Y, desde luego, los libros de Engels fueron acompañando mis lecturas de Marx, como El Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Pero la gran lectura y estudio de fondo estaba pendiente. Tenía que abordar la presa mayor. Algunos amigos me decían que esa era un propósito que cualquiera no se atrevía a desafiar. Yo ya tenía dieciocho años. Había sabido que Lenin lo había abordado a los dieciséis años. Y luego, pensaba, Y si él lo hizo ¿por qué no lo puedo hacer yo? Y, así, lo enfrenté.

El libro mayor de Marx, en el que había dedicado casi toda su vida, El Capital sería uno de los libros que abordé con más dedicación. Era una edición del FCE, de México. No el único. En ese entonces ya estudiaba en San Marcos. Y sólo para hacer un trabajo monográfico sobre Freud y el Psicoanálisis abordé más de treinta libros y otros tantos para desarrollar un trabajo sobre historia. Pero el estudio central lo hice con el Capital. Uno de los libros centrales en la comprensión del movimiento ideológico que se desarrollaba en Alemania y de sus vínculos con las condiciones sociales de la época, que en el decir de Marx y Engels, que lo escribieron colectivamente, fue La Ideología Alemana. Este libro no obstante haber sido escrito en 1845 recién fue dado a la publicación muchos años después de muertos sus autores y dado al conocimiento público durante la década del 30 del siglo pasado. La edición que utilicé fue la de Pueblos Unidos, procedente de Montevideo. De más está decir, que el mismo libro nos prestó una enorme utilidad en el sentido que aclaraba notablemente la concepción de las relaciones entre las llamadas estructuras y superestructuras para Marx y Engels, cuando Marx contaba con 27 años y Engels con 25. Llegaron, poco después a mí, los ensayos histórico-políticos de Marx como La guerra civil en Francia o El dieciocho brumario de Napoleón Bonaparte, La guerra civil en España o los temas del modo de producción asiático. Los tres primeros mencionados fueron ediciones de editorial progreso, de Moscú. El último, una edición de Grijalbo, procedente de México. Otros ensayos de Marx como la dominación inglesa en la India, preparados para aclarar la preocupación de Marx acerca del futuro del desarrollo capitalista, fueron también, desde luego, materiales indispensables para aproximarnos a una interpretación de Marx, que al mismo tiempo cotejaba con otras interpretaciones.

Muchos otros materiales vinculados a Marx fueron escritos por una serie de comentaristas sobre temas abordados por él, como los procesos de transición del feudalismo al capitalismo, o el proceso histórico de acumulación del capital. Algunos de ellos circulaban en el Perú otros ni se conocían. De hecho tuve a mi alcance libros que no sólo no llegaban al Perú, sino que ni siquiera se habían editado, sino que circulaban como copias multicopiadas, preparándose para la imprenta. Esos años fueron, para mí no de reinado de Marx, en el Perú. Recuerdo aún como se quemaron libros ordenados desde el Ministerio de Gobierno, después Ministerio del interior. Tampoco lo fueron en el mundo, en muchos lugares simplemente tenía vigencia el índex, para señalar qué era libre de leerse y qué estaba prohibido, como en el Perú que figuraba con un tremendo sello, los países para los cuales estaba prohibido viajar. Sin embargo, a pesar de las prohibiciones llegaban ciertas revistas como la norteamericana Montly Review, en la que podíamos leer, ensayos de Paul Baran, Paul Sweezy o Harry Magdoff y muchos otros destacados analistas y estudiosos de la obra marxista. Las editoriales argentinas, uruguayas y mexicanas también sirvieron para difundir un debate que llevaba un siglo en Europa y que en el Perú lo tenía prohibido el departamento de Estado, después del encuentro de Caracas de 1953 que sellaba el Pacto de defensa estratégica interamericana, subproducto de la paranoia del pentágono sobre la amenaza soviética. En realidad pretexto para apoderarse y asegurarse como fuente de petróleo a Venezuela. Nuestras lecturas no solo sirvieron para una satisfacción personal y cubrir ese vacío de explicación de un viejo tema educativo precariamente planteado, sino también para despejar muchos interrogantes de muchos de nuestros propios compañeros y confrontar algunos dinosaurios que pretendían ocultar al mundo buena parte de la cultura viva contemporánea, que había conducido a construir y comprender la historia cultural de nuestro tiempo. Sin Marx era incomprensible la lucha de liberación en el Asia, como el fin del feudalismo en el Asia y la liberación nacional de viejas colonias japonesas Inglesas o francesas y otros territorios ocupados por tropas de EUA como Viet Nam, la China moderna y Corea del Norte.

Sin Marx no podíamos comprender la lucha por la liberación nacional en Argelia en el norte africano, las luchas de liberación de Mozambique en el África sur oriental, las luchas en el Congo al otro lado del Atlántico ni los procesos contra el Apartheid en Sur África y su derrota con la gigantesca participación del esfuerzo solidario de Cuba. Esto no fue todo desde luego, los discípulos de Marx se extendieron por todo el mundo. En diversa medida y en grados también diversos, el compromiso de ellos se fue extendiendo durante todos esos años y en todos los continentes.

Muchísimos libros se fueron reproduciendo, cientos de revistas en todos los continentes reflejan una viva actividad intelectual de centenas y seguro millares de ensayistas tratan a Marx en los diferentes ámbitos de actividad que recorren las diversas ciencias sociales y el arte, como también la filosofía.

Nosotros mismos dedicamos el esfuerzo, muy modesto por cierto, de difundir algunos de los temas menos conocidos y más importantes, según nuestro juicio, sobre la coyuntura nacional o mundial. El marxismo, sin ningún apoyo, que no sea el del esfuerzo e interés de filósofos, historiadores, artistas, economistas y filósofos, recorre el mundo ya no como el fantasma al que se referían Marx y Engels, cuando se referían al fantasma que recorría Europa, en el manifiesto de 1848, pero sigue produciendo los mismos estertores, retorcijones y la misma histeria que hace 170 años. Y eso se produce no precisamente porque Marx es algo del pasado, sino porque el marxismo es, cada vez más, un tema del futuro, no sólo en el campo del pensamiento, sino se instalado en el corazón de quienes creen ver en él el brillo con el que se ilumina el futuro de una nueva humanidad.

El marxismo no es una doctrina que nos vino a prometer el paraíso. Eso es lo más extraño al pensamiento de Carlos Marx y sus discípulos. Marx dedicó su vida para examinar las entrañas mismas de la sociedad capitalista.

El socialismo científico, como lo afirmaron en todo momento no vino para desarrollar recetas para el porvenir quien así lo afirma se quedó en el librito de la escuela y no entendió más. Marx dedicó su vida para explicar el funcionamiento de la sociedad capitalista, pero el tiempo sólo le alcanzó para exponer sólo lo que él llamó la anatomía de esa sociedad, vale decir, el modo de producción capitalista. No como algunos suponen la sociedad en su conjunto o formación económica social, compuesta de diversos modos de producción, aunque ellos se encontraran dominados por el modo capitalista de producción.

Las cosas que se afirman del marxismo y de su epónimo, está llena mistificaciones y fantasías, no sostenidas por Marx, sino por quienes ignorándolo se dan el lujo de comentarlo y hasta de criticarlo. Las razones varían. Muchas de ellas, la mayor parte, es de pura ignorancia, sazonadas con una gran petulancia. Hoy día existen muchos portales donde el marxismo es expuesto día a día, donde se discute el marxismo en todas las lenguas cultas del mundo.

Una de las grandes enseñanzas de Marx que recordamos con mucha claridad es aquella que sostuvo en su Prólogo a la primera edición de su obra mayor, de 1867: “En economía política, la libre investigación científica tiene que luchar con enemigos que otras ciencias no conocen. El carácter especial de la materia investigada levanta contra ella las pasiones más violentas, más mezquinas y más repugnantes que anidan en el pecho humano: las furias del interés privado”.

Lo más frecuente es que se diga del marxismo que es una doctrina que pretende modificar al mundo de acuerdo a lo que se imaginaron sus grandes teóricos. Pues lo negamos rotundamente. Nada más alejado del marxismo que el dogma adoptable a todas las circunstancias de la vida.

La esencia del marxismo ha sido en la vida y práctica de Marx y de sus verdaderos discípulos una herramienta de examen de la situación concreta. Si hay algo de ortodoxia en el marxismo es su método de examen de los hechos. Es cierto que muchos de los epígonos de Marx, repetían y repiten de él sus frases como clichés, que fueron rechazados por el mismo Marx que, en relación a aquellos, dijera alguna vez, “yo no soy marxista”. Y más bien nos recordará que para alcanzar el conocimiento científico es necesario luchar tenazmente contra el oscurantismo y la ignorancia: “En la ciencia no existen calzadas reales, y quien aspire a remontar sus luminosas cumbres; ha de estar dispuesto a escalar la montaña por senderos escabrosos”, como escribió Marx presentando El Capital en la primera edición francesa de 1872.

 Tampoco es cierto la creencia de algunos que Marx y Engels, pretendieran entretenerse en la búsqueda infructífera de la piedra filosofal de la economía, la política o la filosofía, teorizando sin fin sobre la sociedad capitalista de su época. Ellos los padres del socialismo y del examen más agudo y minucioso de la sociedad de su tiempo, necesitaban abrir una trocha para la acción del movimiento obrero mundial y acortar el camino de esclavitud del capitalismo. Ambos compañeros fieles a lo que habían sostenido en la XI tesis sobre Feuerbach se habían propuesto crear las herramientas más formidables para cambiar la vida de millones de hombres: "Hasta ahora los filósofos solo se han ocupado de interpretar el mundo, de lo que trata es de transformarlo" y a ese fin dedicaron toda su vida. (Lima, 15.05.18)