César Vallejo sentía que el mundo se extinguía bajo sus pies. La distancia, la lejanía de los suyos, del ambiente familiar, le hacía sentir la soledad. La ausencia de los suyos, de los más cercanos, dejaba un vacío en él mismo, que era la pérdida de todo, de incluso de su propia existencia. La ausencia de los cercanos es para Vallejo la privación de su propio ser, de su existencia absoluta.
Cuando Vallejo pregona que todos han muerto él se siente, también, muerto con ellos. Para Vallejo, no hay duda, que él es parte de esa comunidad de personas, de animales, de cosas. Vallejo no es distinto a ese remolino de seres presentes en su vida cotidiana. Por el contrario. Esa comunidad de seres están vivos para que el viva. Ellos y la cotidianeidad de todos sus seres con los cuales se relaciona viven en él. Si la huella de ellos en su retina, su existencia se fragmenta como una gota de agua en el aire. Sin todos esos personajes que con él conforman su mundo, ese mundo se convierte en una ficción, desaparece junto a él. Sin esa presencia el mundo en el que estaba es una ilusión. La fuerza de su existencia la conforman todos juntos.
Por eso adquiere sentido cuando Vallejo proclama: murió mi eternidad. La condición de su eternidad es el conjunto de esos seres que se mueven y se reflejan en su memoria, en su corazón, en sus ocurrencias, en su actividad. Vallejo vive en la ronca Antonia, el cura Santiago, en la joven y rubia Carlota, en su tía Albina, en el viejo tuerto cuyo nombre no recuerda, en el perro Rayo, que murió de un balazo, en su cuñado Lucas, murieron con él su madre, su hermana, su hermano. Vallejo se sintió también muerto con la ausencia de Méndez, el músico borracho. La ausencia de todos ellos es su propia muerte. La vida, la existencia de los demás es la condición de su propia existencia
Pero no se trata sólo de las personas o las cosas que la rodean, sino lo que ellas significan en su vida, lo que ellas trasmiten. Cada una de ellas adquiere plena identidad en su acción, en su trabajo, en sus cosas, en lo que hacen, en su vida y en su muerte. Ciertamente, que la vida de su entorno es su propia vida y su muerte, su final. El tiempo es implacable. Fue fulminante. Mató su entorno. Vallejo se sintió un sobreviviente, un fantasma que deambulaba sin ese entorno que le daba la identidad y la existencia.
La comunidad da vida, su ausencia genera fantasmas vacíos. Sólo queda velar ese cadáver.
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