CUATRO MODELOS DE DEMOCRACIA BAJO EL LIBERALISMO, SEGÚN MACPHERSON
Por:
Oscar Pequeño Valdivia
En
la comprensión de los fenómenos sociales, políticos y culturales es de suma
utilidad formular tipos puros a los que se llega a partir de la abstracción de
las características individuales, construyendo modelos a partir de los
fenómenos históricos concretamente determinados. Uno de los grandes propulsores
de este tipo de metodología fue Max Weber, propuesta metodológica que ha sido
recogida por diversidad de estudiosos. Uno de ellos es MacPherson, catedrático
en ciencia política en la Universidad de Toronto, quien nos propone la formulación de cuatro modelos históricos
para entender la democracia liberal
señalando sus caracteres más destacados.
Los
modelos, de los que nos ocuparemos de manera sucinta, en las próximas líneas,
son los siguientes:
a) Primer
Modelo: La democracia como protección
b) Segundo
Modelo: La democracia como desarrollo.
c) Tercer
Modelo: La democracia como equilibrio.
d) Cuarto
Modelo: La democracia como participación.
Veamos cada uno de los modelos.
a) Primer Modelo: La democracia
como protección
Los
dos primeros exponentes de la democracia liberal fueron Jeremías Bentham y
James Mill. Estos pensadores defendieron la democracia liberal partiendo de los
supuestos de una sociedad capitalista de mercado y las leyes de la economía
política clásica. Bentham y Mill, a su vez, extrajeron, de su época, un modelo
de hombre (maximizador de utilidades) y un modelo de sociedad (suma de
individuos con intereses en conflicto). A partir de estos modelos y del principio ético de igualdad, dedujeron
la necesidad de un gobierno, y a partir de ahí, cuál era el sistema deseable de
elegir y autorizar los gobiernos. De estas concepciones, de la que partieron
los padres del utilitarismo -modelo de mercado competitivo del hombre y de la
sociedad y principio ético de igualdad-, formularon la necesidad del sufragio
democrático, aunque lo plantearan de una manera llena de reservas y no de una
forma clara.
El fundamento
del utilitarismo se sustentaba en la búsqueda de la felicidad entendida
como la cantidad de placer individual una vez restado el dolor. Socialmente,
consistía en la búsqueda de la mayor felicidad del mayor número. La dificultad
estaba en que todos y cada uno de los individuos persiguen el mismo fin: la
felicidad que no se encuentra sino de manera escasa, por lo cual se produce el
conflicto al pretender cada individuo
llevar consigo su propio placer sin ningún límite. “A cada porción de riqueza –sostenía
Bentham- corresponde una porción de felicidad”[1]
Sin embargo, la felicidad no aumenta en la misma proporción en que se
incrementa la riqueza, por efecto de la Ley
de la utilidad decreciente. En consecuencia, el principio ético fundamental
consistiría en la búsqueda de la mayor cantidad de felicidad neta que pudiera alcanzar el conjunto de la
sociedad. De esa manera según el principio ético utilitario “el mejor conjunto
de leyes, la mejor distribución de derechos y obligaciones, serían los que
produjesen la mayor felicidad para el mayor número” A su vez, este objetivo
fundamental, podía dividirse según Bentham en cuatro objetivos subordinados:
“facilitar la subsistencia, producir la abundancia, favorecer la igualdad y
mantener la seguridad”
Para
Bentham, los objetivos de la legislación, atendiendo a los cuatro
objetivos subordinados, equivalen a la defensa de un sistema de propiedad
privada ilimitada y de empresa capitalista, y todo ello aparentemente deducido
a partir de los postulados fácticos relativos a la naturaleza humana. Veamos cada
uno de ellos.
Con relación
a la subsistencia, las leyes no tienen que hacer nada para asegurar que se produzca
lo suficiente para proveer a la subsistencia de todos, pues la necesidad
llevará a los hombres a producir lo necesario para atender a sus necesidades.
Lo que sí pueden hacer las leyes, en cambio, es proteger a los hombres en su
trabajo y brindarles la seguridad para alcanzar los frutos de su trabajo. En la sociedad
primitiva, con bajísimos niveles de productividad y la amenaza del hambre consiguiente,
el hombre estaría obligado a la actividad productiva permanente. Pero en la
sociedad capitalista, que nacía después de la Revolución industrial, la elevada
productividad del trabajo, no debería poner a la sociedad en este límite
inferior al que obligaba la precariedad de la subsistencia. Sin embargo, la
sociedad capitalista habría creado condiciones institucionales por la cual un
amplio sector social no dispondría ni de tierras ni de medios de producción
propios que le permitieran gozar de las mismas condiciones del desarrollo
tecnológico del que gozaría quienes w disfrutaban de esa propiedad. Este sector
no tendía sino la posibilidad de volver cada día al mercado de trabajo para
vender lo único de que dispondría: su propia fuerza de trabajo.
Con relación
a la abundancia, Bentham sostiene que no hace falta legislación alguna para
alentar a los individuos a producir bienes abundantes pues los deseos por esos bienes, naturalmente,
son infinitos. Bentham no puede ver que esa apreciación suya tan exacta para
los empresarios capitalistas o al propietario de grandes inmuebles no es exacta
cuando se trata de los asalariados, tan próximos a la indigencia. No lo
advierte porque -como escribe Macpherson- “ha creado su modelo de hombre a la
imagen del empresario o del productor independiente. Y podía crear ese modelo
porque no tenía sentido de la historia”[2]
Cuando
llegamos a sus planteamientos sobre la igualdad y seguridad,
advertimos plenamente hasta que punto su aceptación del capitalismo socaba su
principio ético igualitario. Con respecto a la igualdad su argumento se
basó en lo que se reconocía como ley de utilidad decreciente que
sostiene que los incrementos sucesivos de riqueza aportan sucesivamente menos
satisfacción a su propietario. De lo que se sigue que quien tiene más riqueza
tiene más felicidad, pero también que el exceso de felicidad del más rico no
será tan grande como el exceso de su riqueza. De aquí concluye que la felicidad
será mayor cuando la distribución de la riqueza se aproxime más a la igualdad,
el máximo de felicidad total requiere que todos los individuos tengan igual
riqueza. Sin embargo, como los hombres difieren en cuanta capacidad y energía,
unos pueden producir más que otros. Pero para que su propiedad pueda
garantizarse se necesita seguridad. Sin la seguridad, de los frutos del
trabajo, nadie tendría los incentivos para producir más. Simplemente, la
civilización, sin seguridad, sería imposible. De ahí que entre la igualdad y la
seguridad, la Ley no debe titubear: “La igualdad ha de quedar en segundo lugar”[3]
No
contento con predicar la seguridad de los frutos del propio trabajo, Bentham
sostuvo la necesidad de garantizar todo tipo de propiedad existente. Su
argumento sostiene que derrocar a cualquier sistema existente de propiedad equivale a hacer imposible cualquier otro
sistema de propiedad. Este postulado se sostiene sobre la base de un error histórico. El
derrumbe del sistema feudal de propiedad
no impidió la presencia del sistema capitalista de propiedad, por ejemplo.
En
realidad a Bentham no le interesó sino defender la ética del capitalismo, Así,
el sostener que la seguridad de la propiedad maximiza la productividad, al
mismo tiempo que perpetúa la desigualdad, no es decir que maximice el total de
placer o de utilidad. Este cambio de terreno es ilegítimo porque, conforme a su propio principio de la utilidad decreciente, una riqueza
nacional menor distribuida por igual, podría rendir una utilidad total mayor
que una riqueza nacional mayor distribuida desigualmente.
¿Qué
tipo de Estado hacía falta para este tipo de sociedad?
”Era
un problema doble: el sistema político debía producir gobiernos que
establecieran y protegieran una sociedad de mercado libre y, al mismo tiempo,
protegieran a los ciudadanos contra la rapacidad de los gobiernos. Sin embargo,
Bentham nunca tuvo mucho entusiasmo por el sufragio democrático, aunque se
viera obligado a aceptarlo. Su razonamiento en defensa de un sistema democrático se limita
exclusivamente a la protección: “La democracia, pues, tiene como característica
y como efecto asegurar a sus miembros contra la opresión y la depredación a
manos de los funcionarios a los que emplea para defenderla”[4] En principio sostenía la defensa del sufragio
universal, pero sostenía que no había llegado el momento: pues pondría en
peligro la reforma parlamentaria. Además, no expuso el principio del sufragio
democrático hasta que se persuadió de que los pobres no utilizarían sus votos
para nivelar la propiedad, ni para destruirla.
Fue
James Mill quien, en 1820, adujo el argumento más vigoroso en pro del sufragio universal.
Su razonamiento principal es más directo que el de Bentham, pero esencialmente
parecido. Empieza con el postulado más extremo que jamás se haya hecho acerca
del egoísmo. El voto era poder político.
Por eso todos necesitaban del voto para defenderse. En un artículo titulado Del Gobierno sostuvo que sería prudente
excluir a las mujeres, a los hombres de menos de 40 años y al tercio más pobre
de los hombres de más de 40 años. La única decisión difícil para Mill fue la de
qué decir acerca del requisito de la propiedad. La defensa del sufragio de
todos los varones sin un requisito censitario podría asustar a la clase media,
la defensa de un requisito de propiedad
que excluyera a una parte considerable de la clase obrera significaría perder
el apoyo de ésta. Mill no encontró otro medio que oscilar como un péndulo: Un
día escribía un artículo en un sentido; otro día, en otro artículo, defendía el
principio contrario. Las oscilaciones de
MIll en su artículo Del Gobierno son
perfectamente paralelas: La discordancia entre sus dos series de principios,
una que requiere el sufragio universal, y la otra que permite enormes
exclusiones, no resulta “muy visible” gracias a su recomendación de un sufragio
restringido sólo hipotéticamente. Más adelante negó que estuviera defendiendo la exclusión de las mujeres,
como tampoco la de los menores de 40 años. Las oscilaciones del artículo Del Gobierno se complementan con las
seguridades que Mill da a sus lectores, al final del mismo artículo, de que no
cabe temer ningún peligro de la concesión del sufragio a la clase baja, porque
la inmensa mayoría de esa clase se dejaría siempre guiar por la clase media. En
un artículo, séis años después, consagrado a la defensa del voto secreto, Mill
escribía que “el negocio del gobierno es, y debe ser, el negocio de los ricos,
los cuales siempre lo obtendrán, por las buenas o por las malas. Todo depende
de esto. Si lo obtienen por las malas, el gobierno será malo. Si lo obtienen
por las buenas, el gobierno será bueno. El único medio bueno de obtenerlo es
por sufragio libre del pueblo”[5]
En
este modelo, fundador de la democracia para una sociedad industrial moderna, no
existe entusiasmo por la democracia, ni una idea de que pudiera ser una fuerza
moralmente transformadora. El gobierno responsable era necesario para la
protección de los individuos y la promoción del Producto Nacional Bruto, y para
nada más. El modelo fundador de la democracia liberal tomaba al hombre como
era, al hombre configurado por la sociedad de mercado, y suponía que era
inalterable. Y esa sociedad y esos individuos a los que respondía este Modelo,
seguían manteniéndose fuertes, pese a que los humanistas los rechazaran, a
fines del siglo XIX y en el siglo XX.
b) Segundo Modelo: La
democracia como desarrollo.
A
mediados del siglo XIX se produjeron dos cambios que llamaron la atención de
los pensadores liberales, cambios que requerían un modelo de democracia
completamente distinto. Uno de ellos fue que la clase obrera estaba empezando a
resultar amenazadora para la propiedad. El otro fue que la condición de la
clase obrera estaba haciéndose tan descaradamente inhumana que los liberales
sensibles no podían aceptarla como justificable moralmente ni como inevitable
económicamente. Ambos cambios estimularon la convicción de que hacía falta un
nuevo modelo de democracia. El primero que lo fue John Stuart Mill.
Mil,
estaba convencido de que no se podría estar excluyendo o reprimiendo a “los
pobres” durante mucho más tiempo. “Las clase trabajadoras han tomado sus
intereses en sus propias manos y están demostrando constantemente que, a su
juicio, los intereses de sus empleadores no son idénticos a los suyos, sino
opuestos a ellos… Los pobres ya se han liberado de sus andaderas y tuya no se
los puede gobernar ni tratar como si fueran niños”[6]
Modelo
2A: La democracia como desarrollo de J. S. Mill
El
modelo de democracia de Mill es un modelo de democracia moral, escribe
Macpherson. Lo que lo distingue más claramente del modelo Nº 1es que tiene una
visión moral de la posibilidad de que la humanidad mejore y de una sociedad
libre e igual no conseguida todavía. Se valora el sistema democrático como
modelo para alcanzar esa mejora, como medio necesario aunque no suficiente; y
se entiende que una sociedad democrática es al mismo tiempo un resultado de esa
mejora y un medio de conseguir más mejoras. En la raíz del modelo de democracia
de Mill, el hombre es un ser capaz de desarrollar sus facultades o sus
capacidades. La esencia del hombre consiste en ejercerlas y desarrollarlas. El
hombre no es esencialmente un consumidor y un apropiador como en el modelo Nº
1, sino alguien que ejerce, desarrolla y disfruta de sus capacidades. La buena
sociedades la que permite y alienta a cada uno a actuar, de modo que ejerza,
desarrolle y disfrute con el ejercicio y el desarrollo de sus capacidades.
Al
ofrecer este modelo, del hombre y de la sociedad, deseables, Mill sentó el tono
que iba a prevalecer en la teoría democrática liberal, y que dominó, por lo
menos, el concepto angloamericano de la democracia hasta mediados del siglo XX,
aproximadamente. Los partidarios ulteriores de la democracia como desarrollo
abandonaron más tarde la estipulación restrictiva de J. S. Mill a su modelo
pero la visión central y el argumento favorable siguieron siendo en gran parte
los mismos. Esta es la democracia de Hobhause y Lindsay y Ernest Baker, de
Woodrow Wilson y John Dewey y MacIver. Esta es la democracia por la cual se
combatió en la primera guerra mundial. A Mill le había afectado mucho la
incompatibilidad que advirtió entre las
exigencias de un desarrollo humano igual y las desigualdades de clase en
materia de poder y de riqueza. Sus seguidores del siglo no pensaron que este
fuera un problema o se podría superar de una forma u otra; por ejemplo,
mediante una resurrección de la moral idealista, o con un nuevo nivel de
conocimientos y comunicaciones sociales.
La
sociedad en la percepción del Modelo Nº 2 no tiene que ser y no debía ser, lo
que el Modelo Nº 1 suponía que era y sería siempre. No tenía que ser, y no
debía ser, una masa de consumidores y apropiadores competitivos, conflictivos y
egoístas. Podía y debía ser una comunidad de personas que ejercitaran y
desarrollaran sus capacidades humanas. Pero no lo era todavía. El problema era
lograr que avanzara en esa dirección. El argumento en pro de la democracia era
que daba a todos los ciudadanos un interés directo en los actos del gobierno, y
en un incentivo para participar activamente, por lo menos hasta el punto de votar
por un gobierno o en contra de él. En
ese aspecto la democracia haría que la gente fuese más activa, enérgica. Los
haría avanzar en cuanto a intelecto, virtud y actividad práctica y eficacia. La
versión igual del Modelo Nº2 es aritméticamente un paso más respecto del Modelo
Nº1, que estipulaba, al menos en principio, “un voto por persona”. Pero en su
dimensión moral, el Modelo Nº 2 es más democrático que el Modelo Nº 1.El modelo
Nº2 no se queda satisfecho con el hombre como consumidor y un apropiador infinito.
Aspira a pasar a una sociedad de individuos más desarrollados humanamente, y
desarrollados de forma más dual. No aspira a imponer una utopía al pueblo sino
a lograr que el pueblo llegue a la meta por sí mismo.
Mill
deploraba los efectos que tenía la sociedad existente de mercado. Deploraba
muchísimo la relación existente entre capital y trabajo, que envilecía tanto al
capitalista como al trabajador. Creía que no podría haber una sociedad humana
decente hasta que se transformara esa relación. Cifraba sus esperanzas de transformación
en el desarrollo de las cooperativas, donde los trabajadores se convertirían en
sus propios capitalistas. Mientras tanto aceptaba el funcionamiento del sistema
competitivo de mercado.
El
motivo por el que el sufragio universal de los varones no trajo consigo el
gobierno de clase que había temido Mil fue el extraordinario éxito con el que
el sistema de partidos logró domesticar la democracia. La principal función que
ha desempeñado de hecho el sistema de partidos en las democracias occidentales
desde el comienzo dl sufragio democrático ha sido suavizar las aristas de los
conflictos de clase temidos o probables, o, si se prefiere, moderar y aquietar
un conflicto de intereses de clase con objeto de proteger las instituciones de
la propiedad existentes y el sistema de mercado contra todo ataque eficaz. El
sistema de partidos, en cualquiera de sus variantes, era el medio por el que se
realizó la función de difuminar las diferencias de clase todavía subyacente.
El
sistema de partidos ha sido el medio de reconciliar el sufragio igual y
universal con el mantenimiento de una sociedad desigual. Lo ha logrado al
difuminar las cuestiones y reducir la responsabilidad del gobierno ante los
electores. Ha tenido que hacer ambas cosas fin de desempeñar las funciones que
se le piden en una sociedad desigual. Así ha fracasado, como tenía que
fracasar, en cuanto a inducir la participación popular generalizada en el proceso político que
exigía el Modelo Nº 2, y por lo tanto, no logrado el desarrollo del individuo
activo como ciudadano, ni ha promovido la comunidad moral como esperaba el
Modelo Nº 2.
Modelo
2B: La democracia como desarrollo en el siglo XX
Los
demócratas liberales que siguieron a J. S. Mill, seguían haciendo la defensa
del desarrollo, o sea, el argumento de Mill sin la propuesta del voto plural.
El tono, y la justificación básica ideal que en todos los teóricos importantes, ingleses y
estadounidenses, de la primera mitad del siglo XX idealistas como Barker,
Lindsay y MacIver; Pragmática como Dewey; o a la utilitaria modificada. Las
únicas excepciones fueron los pocos teóricos que trataron explícitamente de combinar los
valores liberales con algún tipo de
socialismo.
Mill
había advertido la contradicción entre su ideal democrático y la sociedad dividida en clases y explotadora de su propia
época. Mil no suponía que el proceso político democrático. Éste no suponía que
el proceso político democrático por sí sólo pudiera superar la división de
clases y la explotación también cifraba sus esperanzas en otras cosas, como las
cooperativas de producción, la educación de la clase obrera, etc. En cambio,
Lindsay, por ejemplo lo que esperaba de la democracia se reducía a un
florecimiento más animado de las asociaciones democráticas pluralistas y no
políticas, “como las iglesias y las universidades”. En general, los teóricos de
la democracia liberal del siglo XX se permitieron esperar que la cuestión de
clase se viera reducida por el Estado del bienestar y regulador, que la
sociedad democrática fuera compatible con una sociedad capitalista de mercado.
Para MacIver la tarea que correspondía al Estado democrático; tarea que
efectivamente desempeñaba, aunque sea de forma anticipativa, era expresar e
imponer la voluntad general mediante la representación de los hombres como
ciudadanos, y no como defensores de intereses particulares.
Para
Dewey, que escribía bajo el imperio de
la depresión, hacía falta un alto grado de control social las fuerzas
económicas, manifestándose partidario de una “coordinación planificada del
desarrollo industrial”. Lo que hacía falta, por encima de todo, era que los
liberales aplicasen a las relacione sociales y la dirección social el método de
“inteligencia experimental y cooperativa”. Estos ideólogos de la democracia
durante el siglo XX habían aceptado inconscientemente la imagen del proceso
político democrático como un mercado, un mercado libre en el que todo podría
funcionar con grandes beneficios para todos (o con el menor perjuicio para
todos).
El
hecho que los teóricos del desarrollo no pudieran ver las diferencias entre el
sistema democrático vigente, tan parecido a un mercado (aunque distara de ser
un mercado plenamente competitivo) y sus esperanzas idealistas de desarrollo
fue lo que llevó al fracaso del Modelo 2B
c) Tercer Modelo: La democracia
como equilibrio.
Este
modelo llegó a imperar en los años centrales del siglo XX. A este modelo podría
calificársele como modelo elitista pluralista de equilibrio. Es pluralista porque este modelo ha tratado
de adaptarse a sociedades formada por un conjunto de individuos cada uno de los
cuales se ve atraído en muchas direcciones por sus diversos intereses. Es
elitista en el sentido en que asigna el papel principal en el proceso político
a grupos de dirigentes que se escogen a sí mismos. Quien fue el primero que
formuló sistemática, aunque brevemente, el Modelo N° 3 fue Joseph Schumpeter en
unos cuantos capítulos de su influyente obra Capitalismo, Socialismo y Democracia.
En
el modelo político se suponía que los políticos y los votantes eran maximizadores
racionales y actuaban en circunstancias de libre competencia. La competencia
entre los políticos por el voto de los ciudadanos es el motor del sistema.
Todos ellos concluyen que este mecanismo produce, efectivamente, un equilibrio
estable. Este modelo conduce a ala apatía de los ciudadanos. Bajo un sistema de
partidos en una sociedad desigual con sufragio masivo requiere que se difuminen
las cuestiones y disminuya la responsabilidad de los gobiernos ante los
electores y ambas cosas reducen los incentivos de los votantes para esforzarse
en formular una opción. Un motivo frecuente de abstención en las elecciones es
la sensación de que no hay entre quien escoger. Sin embargo, í suelen señalar
que el funcionamiento con éxito del sistema requiere de unos niveles de apatía
como los actuales: una participación mayor pondría en peligro la estabilidad
del sistema.
El
modelo N°3 seguirá siendo el, modelo descriptivo más correcto, y se seguirá
aceptando como modelo justificativo suficiente, mientras en las sociedades
occidentales sigamos prefiri4endo la abundancia a la comunidad (y creyendo que la sociedad de mercado puede
aportarnos a la abundancia indefinidamente) y mientras sigamos aceptando la
opinión de que la única alternativa al Modelo N° 3 es un Estado totalitario
absolutamente antiliberal. En otras palabras podríamos decir que el sistema de
élites competitivas con un nivel bajo de participación ciudadana necesario en
una sociedad desigual, la mayor parte de cuyos miembros se consideran a sí
mismos consumidores maximizadores.
El
que cada día se planten más dudas acerca de la idoneidad de este sistema no se
puede tomar, por desgracia, como prueba de que nos hayamos alejado lo
suficiente de la desigualdad y de la conciencia de nosotros mismos como
esencialmente consumidores para hacer que resulte posible un nuevo modelo.
d) Cuarto Modelo: La democracia
como participación.
En
primer lugar parece irresoluble el problema de la democracia participativa a
escala masiva. Sin embargo, el principal problema de la democracia
participativa no es como funciona, sino cómo llegar a ella. Aún tenemos
dificultades para encontrar el camino para llegar a la democracia
participativa, tal como está organizada la sociedad capitalista, que nos aparta
de los requisitos indispensables para el funcionamiento de la democracia
participativa. Sin embargo, en medio de todo
han venido ocurriendo algunos cambios importantes en la sociedad queque
estaría eliminando o debilitando algunas barreras que acercarían la posibilidad
de ir conformando los requisitos necesarios para el inicio de la democracia
participativa: Uno de ellos es la conciencia
de la gente que pasa a verse ya no como consumidores maximizadores, sino como
personas que ejercitan sus propias capacidades. El otro requisito previo es una
gran reducción de la desigualdad social
y económica actual, pues esa desigualdad requiere de un sistema no
participativo de partidos a fin de que
la sociedad funciones. Pero estos dos requisitos conformarían un círculo
vicioso: para la toma de conciencia es necesario la reducción de la
desigualdad, pero para reducir la desigualdad es indispensable la toma de
conciencia.
Existen,
sin embargo, diversas fallas en la estructura protectora de la exclusión
democrática.: la conciencia cada vez mayor de los costos del crecimiento económico, la conciencia cada
vez mayor de los costos de la apatía política, y las dudas cada vez mayores
acerca de la capacidad del capitalismo de gran empresa para satisfacer las
expectativas de los consumidores al mismo tiempo que reproduce la desigualdad.
Identifiquemos
en primer lugar en qué circunstancias no
funcionaría un sistema de democracia participativa. Se pueden señalar
provisionalmente tres: La primera de ellas una amenaza de guerra externa o de
peligro de subversión antidemocrática. La segunda circunstancia en la que no funcionaría un sistema participativo
sería si reaparecieran la división y la oposición subyacentes de clases. Una
tercera circunstancia en el que no funcionaría un sistema de consejos de
participación directa sería si la gente de base fuera apática. No podría llegar
a ese sistema sino un pueblo que se hubiera desprendido de su apatía política.
En
síntesis, un sistema piramidal de consejos como modelo de democracia
participativa sería posible en cualquier país occidental en la medida en que se
hubieran logrado las condiciones previas necesarias para la transición, hacia
un sistema participativo, no tuvieran los impedimentos más obvios para que el
consejo piramidal fuera auténticamente democrático. El factor más importante en
este caso es la existencia de partidos políticos. El modelo sencillo no les
deja lugar. Contempla un sistema sin partidos o de un solo partido. La
verdadera cuestión queda reducida a saber su existe alguna forma de combinar
una estructura piramidal de consejos con un sistema de partidos competitivos.
[1] BENTHAM, Jeremías: The Theory of Legislation. Ed. C.K. Ogden, p.103. Londres, 1931
[2]
MACPHERSON, C. B.: La democracia liberal
y su época. Alianza Editorial. Madrid, 1991. p. 41.
[3] BENTHAM, Jeremías: Principles of
the Civil Code, Parte I, Cap. 11 Ogden , p. 120
[4] BENTHAM, Jeremías: Constitutional
Code. En Works, ed. Bowring, iii, 599
[5] “On the
Ballot”. Westminster Review, julio de
1830. Citado por MACPHERSON, C. B.: La
democracia liberal y su época. Alianza Editorial. Madrid, 1991. p. 55.
[6] J.S
Mill: Principios de Economía Política,
Editorial Fondo de Cultura Económica. Libro IV, Cap. 7, Secc. 1 y 2
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