domingo, 22 de marzo de 2020


CUATRO MODELOS DE DEMOCRACIA BAJO EL LIBERALISMO, SEGÚN MACPHERSON

Por: Oscar Pequeño Valdivia



En la comprensión de los fenómenos sociales, políticos y culturales es de suma utilidad formular tipos puros a los que se llega a partir de la abstracción de las características individuales, construyendo modelos a partir de los fenómenos históricos concretamente determinados. Uno de los grandes propulsores de este tipo de metodología fue Max Weber, propuesta metodológica que ha sido recogida por diversidad de estudiosos. Uno de ellos es MacPherson, catedrático en ciencia política en la Universidad de Toronto,  quien nos propone  la formulación de cuatro modelos históricos para entender la democracia liberal  señalando sus caracteres más destacados.
Los modelos, de los que nos ocuparemos de manera sucinta, en las próximas líneas, son los siguientes: 
a)   Primer Modelo: La democracia como protección
b)   Segundo Modelo: La democracia como desarrollo.
c)   Tercer Modelo: La democracia como equilibrio.
d)   Cuarto Modelo: La democracia como participación.
Veamos cada uno de los modelos.
a)       Primer Modelo: La democracia como protección
Los dos primeros exponentes de la democracia liberal fueron Jeremías Bentham y James Mill. Estos pensadores defendieron la democracia liberal partiendo de los supuestos de una sociedad capitalista de mercado y las leyes de la economía política clásica. Bentham y Mill, a su vez, extrajeron, de su época, un modelo de hombre (maximizador de utilidades) y un modelo de sociedad (suma de individuos con intereses en conflicto). A partir de estos modelos y del principio ético de igualdad, dedujeron la necesidad de un gobierno, y a partir de ahí, cuál era el sistema deseable de elegir y autorizar los gobiernos. De estas concepciones, de la que partieron los padres del utilitarismo -modelo de mercado competitivo del hombre y de la sociedad y principio ético de igualdad-, formularon la necesidad del sufragio democrático, aunque lo plantearan de una manera llena de reservas y no de una forma clara.
El fundamento del utilitarismo se sustentaba en la búsqueda de la felicidad entendida como la cantidad de placer individual una vez restado el dolor. Socialmente, consistía en la búsqueda de la mayor felicidad del mayor número. La dificultad estaba en que todos y cada uno de los individuos persiguen el mismo fin: la felicidad que no se encuentra sino de manera escasa, por lo cual se produce el conflicto al pretender  cada individuo llevar consigo su propio placer sin ningún límite. “A cada porción de riqueza –sostenía Bentham- corresponde una porción de felicidad”[1] Sin embargo, la felicidad no aumenta en la misma proporción en que se incrementa la riqueza, por efecto de la Ley de la utilidad decreciente. En consecuencia, el principio ético fundamental consistiría en la búsqueda de la mayor cantidad de felicidad neta  que pudiera alcanzar el conjunto de la sociedad. De esa manera según el principio ético utilitario “el mejor conjunto de leyes, la mejor distribución de derechos y obligaciones, serían los que produjesen la mayor felicidad para el mayor número” A su vez, este objetivo fundamental, podía dividirse según Bentham en cuatro objetivos subordinados: “facilitar la subsistencia, producir la abundancia, favorecer la igualdad y mantener la seguridad”
Para Bentham, los objetivos de la legislación, atendiendo a los cuatro objetivos subordinados, equivalen a la defensa de un sistema de propiedad privada ilimitada y de empresa capitalista, y todo ello aparentemente deducido a partir de los postulados fácticos relativos a la naturaleza humana. Veamos cada uno de ellos.
Con relación a la subsistencia, las leyes no tienen que hacer nada para asegurar que se produzca lo suficiente para proveer a la subsistencia de todos, pues la necesidad llevará a los hombres a producir lo necesario para atender a sus necesidades. Lo que sí pueden hacer las leyes, en cambio, es proteger a los hombres en su trabajo y brindarles la seguridad para alcanzar los  frutos de su trabajo. En la sociedad primitiva, con bajísimos niveles de productividad y la amenaza del hambre consiguiente, el hombre estaría obligado a la actividad productiva permanente. Pero en la sociedad capitalista, que nacía después de la Revolución industrial, la elevada productividad del trabajo, no debería poner a la sociedad en este límite inferior al que obligaba la precariedad de la subsistencia. Sin embargo, la sociedad capitalista habría creado condiciones institucionales por la cual un amplio sector social no dispondría ni de tierras ni de medios de producción propios que le permitieran gozar de las mismas condiciones del desarrollo tecnológico del que gozaría quienes w disfrutaban de esa propiedad. Este sector no tendía sino la posibilidad de volver cada día al mercado de trabajo para vender lo único de que dispondría: su propia fuerza de trabajo.
Con relación a la abundancia, Bentham sostiene que no hace falta legislación alguna para alentar a los individuos a producir bienes abundantes  pues los deseos por esos bienes, naturalmente, son infinitos. Bentham no puede ver que esa apreciación suya tan exacta para los empresarios capitalistas o al propietario de grandes inmuebles no es exacta cuando se trata de los asalariados, tan próximos a la indigencia. No lo advierte porque -como escribe Macpherson- “ha creado su modelo de hombre a la imagen del empresario o del productor independiente. Y podía crear ese modelo porque no tenía sentido de la historia”[2]
Cuando llegamos a sus planteamientos sobre la igualdad y seguridad, advertimos plenamente hasta que punto su aceptación del capitalismo socaba su principio ético igualitario. Con respecto a la igualdad su argumento se basó en lo que se reconocía como ley de utilidad decreciente que sostiene que los incrementos sucesivos de riqueza aportan sucesivamente menos satisfacción a su propietario. De lo que se sigue que quien tiene más riqueza tiene más felicidad, pero también que el exceso de felicidad del más rico no será tan grande como el exceso de su riqueza. De aquí concluye que la felicidad será mayor cuando la distribución de la riqueza se aproxime más a la igualdad, el máximo de felicidad total requiere que todos los individuos tengan igual riqueza. Sin embargo, como los hombres difieren en cuanta capacidad y energía, unos pueden producir más que otros. Pero para que su propiedad pueda garantizarse se necesita seguridad. Sin la seguridad, de los frutos del trabajo, nadie tendría los incentivos para producir más. Simplemente, la civilización, sin seguridad, sería imposible. De ahí que entre la igualdad y la seguridad, la Ley no debe titubear: “La igualdad ha de quedar en segundo lugar”[3]
No contento con predicar la seguridad de los frutos del propio trabajo, Bentham sostuvo la necesidad de garantizar todo tipo de propiedad existente. Su argumento sostiene que derrocar a cualquier sistema existente de propiedad  equivale a hacer imposible cualquier otro sistema de propiedad. Este postulado se sostiene  sobre la base de un error histórico. El derrumbe del  sistema feudal de propiedad no impidió la presencia del sistema capitalista de propiedad, por ejemplo.
En realidad a Bentham no le interesó sino defender la ética del capitalismo, Así, el sostener que la seguridad de la propiedad maximiza la productividad, al mismo tiempo que perpetúa la desigualdad, no es decir que maximice el total de placer o de utilidad. Este cambio de terreno es ilegítimo  porque, conforme a su propio principio de la utilidad decreciente, una riqueza nacional menor distribuida por igual, podría rendir una utilidad total mayor que una riqueza nacional mayor distribuida desigualmente.
¿Qué tipo de Estado hacía falta para este tipo de sociedad?  
”Era un problema doble: el sistema político debía producir gobiernos que establecieran y protegieran una sociedad de mercado libre y, al mismo tiempo, protegieran a los ciudadanos contra la rapacidad de los gobiernos. Sin embargo, Bentham nunca tuvo mucho entusiasmo por el sufragio democrático, aunque se viera obligado a aceptarlo. Su razonamiento  en defensa de un sistema democrático se limita exclusivamente a la protección: “La democracia, pues, tiene como característica y como efecto asegurar a sus miembros contra la opresión y la depredación a manos de los funcionarios a los que emplea para defenderla”[4]  En principio sostenía la defensa del sufragio universal, pero sostenía que no había llegado el momento: pues pondría en peligro la reforma parlamentaria. Además, no expuso el principio del sufragio democrático hasta que se persuadió de que los pobres no utilizarían sus votos para nivelar la propiedad, ni para destruirla.
Fue James Mill quien, en 1820, adujo el argumento más vigoroso en pro del sufragio universal. Su razonamiento principal es más directo que el de Bentham, pero esencialmente parecido. Empieza con el postulado más extremo que jamás se haya hecho acerca del egoísmo.  El voto era poder político. Por eso todos necesitaban del voto para defenderse. En un artículo titulado Del Gobierno sostuvo que sería prudente excluir a las mujeres, a los hombres de menos de 40 años y al tercio más pobre de los hombres de más de 40 años. La única decisión difícil para Mill fue la de qué decir acerca del requisito de la propiedad. La defensa del sufragio de todos los varones sin un requisito censitario podría asustar a la clase media, la defensa de un  requisito de propiedad que excluyera a una parte considerable de la clase obrera significaría perder el apoyo de ésta. Mill no encontró otro medio que oscilar como un péndulo: Un día escribía un artículo en un sentido; otro día, en otro artículo, defendía el principio contrario.  Las oscilaciones de MIll en su artículo Del Gobierno son perfectamente paralelas: La discordancia entre sus dos series de principios, una que requiere el sufragio universal, y la otra que permite enormes exclusiones, no resulta “muy visible” gracias a su recomendación de un sufragio restringido sólo hipotéticamente. Más adelante negó que estuviera defendiendo la exclusión de las mujeres, como tampoco la de los menores de 40 años. Las oscilaciones del artículo Del Gobierno se complementan con las seguridades que Mill da a sus lectores, al final del mismo artículo, de que no cabe temer ningún peligro de la concesión del sufragio a la clase baja, porque la inmensa mayoría de esa clase se dejaría siempre guiar por la clase media. En un artículo, séis años después, consagrado a la defensa del voto secreto, Mill escribía que “el negocio del gobierno es, y debe ser, el negocio de los ricos, los cuales siempre lo obtendrán, por las buenas o por las malas. Todo depende de esto. Si lo obtienen por las malas, el gobierno será malo. Si lo obtienen por las buenas, el gobierno será bueno. El único medio bueno de obtenerlo es por sufragio libre del pueblo”[5]  
En este modelo, fundador de la democracia para una sociedad industrial moderna, no existe entusiasmo por la democracia, ni una idea de que pudiera ser una fuerza moralmente transformadora. El gobierno responsable era necesario para la protección de los individuos y la promoción del Producto Nacional Bruto, y para nada más. El modelo fundador de la democracia liberal tomaba al hombre como era, al hombre configurado por la sociedad de mercado, y suponía que era inalterable. Y esa sociedad y esos individuos a los que respondía este Modelo, seguían manteniéndose fuertes, pese a que los humanistas los rechazaran, a fines del siglo XIX y en el siglo XX.
b)       Segundo Modelo: La democracia como desarrollo.
A mediados del siglo XIX se produjeron dos cambios que llamaron la atención de los pensadores liberales, cambios que requerían un modelo de democracia completamente distinto. Uno de ellos fue que la clase obrera estaba empezando a resultar amenazadora para la propiedad. El otro fue que la condición de la clase obrera estaba haciéndose tan descaradamente inhumana que los liberales sensibles no podían aceptarla como justificable moralmente ni como inevitable económicamente. Ambos cambios estimularon la convicción de que hacía falta un nuevo modelo de democracia. El primero que lo fue John Stuart Mill.
Mil, estaba convencido de que no se podría estar excluyendo o reprimiendo a “los pobres” durante mucho más tiempo. “Las clase trabajadoras han tomado sus intereses en sus propias manos y están demostrando constantemente que, a su juicio, los intereses de sus empleadores no son idénticos a los suyos, sino opuestos a ellos… Los pobres ya se han liberado de sus andaderas y tuya no se los puede gobernar ni tratar como si fueran niños”[6]
Modelo 2A: La democracia como desarrollo de J. S. Mill
El modelo de democracia de Mill es un modelo de democracia moral, escribe Macpherson. Lo que lo distingue más claramente del modelo Nº 1es que tiene una visión moral de la posibilidad de que la humanidad mejore y de una sociedad libre e igual no conseguida todavía. Se valora el sistema democrático como modelo para alcanzar esa mejora, como medio necesario aunque no suficiente; y se entiende que una sociedad democrática es al mismo tiempo un resultado de esa mejora y un medio de conseguir más mejoras. En la raíz del modelo de democracia de Mill, el hombre es un ser capaz de desarrollar sus facultades o sus capacidades. La esencia del hombre consiste en ejercerlas y desarrollarlas. El hombre no es esencialmente un consumidor y un apropiador como en el modelo Nº 1, sino alguien que ejerce, desarrolla y disfruta de sus capacidades. La buena sociedades la que permite y alienta a cada uno a actuar, de modo que ejerza, desarrolle y disfrute con el ejercicio y el desarrollo de sus capacidades.
Al ofrecer este modelo, del hombre y de la sociedad, deseables, Mill sentó el tono que iba a prevalecer en la teoría democrática liberal, y que dominó, por lo menos, el concepto angloamericano de la democracia hasta mediados del siglo XX, aproximadamente. Los partidarios ulteriores de la democracia como desarrollo abandonaron más tarde la estipulación restrictiva de J. S. Mill a su modelo pero la visión central y el argumento favorable siguieron siendo en gran parte los mismos. Esta es la democracia de Hobhause y Lindsay y Ernest Baker, de Woodrow Wilson y John Dewey y MacIver. Esta es la democracia por la cual se combatió en la primera guerra mundial. A Mill le había afectado mucho la incompatibilidad que advirtió  entre las exigencias de un desarrollo humano igual y las desigualdades de clase en materia de poder y de riqueza. Sus seguidores del siglo no pensaron que este fuera un problema o se podría superar de una forma u otra; por ejemplo, mediante una resurrección de la moral idealista, o con un nuevo nivel de conocimientos y comunicaciones sociales.
La sociedad en la percepción del Modelo Nº 2 no tiene que ser y no debía ser, lo que el Modelo Nº 1 suponía que era y sería siempre. No tenía que ser, y no debía ser, una masa de consumidores y apropiadores competitivos, conflictivos y egoístas. Podía y debía ser una comunidad de personas que ejercitaran y desarrollaran sus capacidades humanas. Pero no lo era todavía. El problema era lograr que avanzara en esa dirección. El argumento en pro de la democracia era que daba a todos los ciudadanos un interés directo en los actos del gobierno, y en un incentivo para participar activamente, por lo menos hasta el punto de votar por un gobierno o en contra de él.  En ese aspecto la democracia haría que la gente fuese más activa, enérgica. Los haría avanzar en cuanto a intelecto, virtud y actividad práctica y eficacia. La versión igual del Modelo Nº2 es aritméticamente un paso más respecto del Modelo Nº1, que estipulaba, al menos en principio, “un voto por persona”. Pero en su dimensión moral, el Modelo Nº 2 es más democrático que el Modelo Nº 1.El modelo Nº2 no se queda satisfecho con el hombre como consumidor y un apropiador infinito. Aspira a pasar a una sociedad de individuos más desarrollados humanamente, y desarrollados de forma más dual. No aspira a imponer una utopía al pueblo sino a lograr que el pueblo llegue a la meta por sí mismo.
Mill deploraba los efectos que tenía la sociedad existente de mercado. Deploraba muchísimo la relación existente entre capital y trabajo, que envilecía tanto al capitalista como al trabajador. Creía que no podría haber una sociedad humana decente hasta que se transformara esa relación. Cifraba sus esperanzas de transformación en el desarrollo de las cooperativas, donde los trabajadores se convertirían en sus propios capitalistas. Mientras tanto aceptaba el funcionamiento del sistema competitivo de mercado.
El motivo por el que el sufragio universal de los varones no trajo consigo el gobierno de clase que había temido Mil fue el extraordinario éxito con el que el sistema de partidos logró domesticar la democracia. La principal función que ha desempeñado de hecho el sistema de partidos en las democracias occidentales desde el comienzo dl sufragio democrático ha sido suavizar las aristas de los conflictos de clase temidos o probables, o, si se prefiere, moderar y aquietar un conflicto de intereses de clase con objeto de proteger las instituciones de la propiedad existentes y el sistema de mercado contra todo ataque eficaz. El sistema de partidos, en cualquiera de sus variantes, era el medio por el que se realizó la función de difuminar las diferencias de clase todavía subyacente.
El sistema de partidos ha sido el medio de reconciliar el sufragio igual y universal con el mantenimiento de una sociedad desigual. Lo ha logrado al difuminar las cuestiones y reducir la responsabilidad del gobierno ante los electores. Ha tenido que hacer ambas cosas fin de desempeñar las funciones que se le piden en una sociedad desigual. Así ha fracasado, como tenía que fracasar, en cuanto a inducir la participación popular  generalizada en el proceso político que exigía el Modelo Nº 2, y por lo tanto, no logrado el desarrollo del individuo activo como ciudadano, ni ha promovido la comunidad moral como esperaba el Modelo Nº 2.
Modelo 2B: La democracia como desarrollo en el siglo XX
Los demócratas liberales que siguieron a J. S. Mill, seguían haciendo la defensa del desarrollo, o sea, el argumento de Mill sin la propuesta del voto plural. El tono, y la justificación básica ideal que en todos  los teóricos importantes, ingleses y estadounidenses, de la primera mitad del siglo XX idealistas como Barker, Lindsay y MacIver; Pragmática como Dewey; o a la utilitaria modificada. Las únicas excepciones fueron los pocos teóricos  que trataron explícitamente de combinar los valores liberales con  algún tipo de socialismo.
Mill había advertido la contradicción entre su ideal democrático y la sociedad  dividida en clases y explotadora de su propia época. Mil no suponía que el proceso político democrático. Éste no suponía que el proceso político democrático por sí sólo pudiera superar la división de clases y la explotación también cifraba sus esperanzas en otras cosas, como las cooperativas de producción, la educación de la clase obrera, etc. En cambio, Lindsay, por ejemplo lo que esperaba de la democracia se reducía a un florecimiento más animado de las asociaciones democráticas pluralistas y no políticas, “como las iglesias y las universidades”. En general, los teóricos de la democracia liberal del siglo XX se permitieron esperar que la cuestión de clase se viera reducida por el Estado del bienestar y regulador, que la sociedad democrática fuera compatible con una sociedad capitalista de mercado. Para MacIver la tarea que correspondía al Estado democrático; tarea que efectivamente desempeñaba, aunque sea de forma anticipativa, era expresar e imponer la voluntad general mediante la representación de los hombres como ciudadanos, y no como defensores de intereses particulares.  
Para Dewey,  que escribía bajo el imperio de la depresión, hacía falta un alto grado de control social las fuerzas económicas, manifestándose partidario de una “coordinación planificada del desarrollo industrial”. Lo que hacía falta, por encima de todo, era que los liberales aplicasen a las relacione sociales y la dirección social el método de “inteligencia experimental y cooperativa”. Estos ideólogos de la democracia durante el siglo XX habían aceptado inconscientemente la imagen del proceso político democrático como un mercado, un mercado libre en el que todo podría funcionar con grandes beneficios para todos (o con el menor perjuicio para todos).
El hecho que los teóricos del desarrollo no pudieran ver las diferencias entre el sistema democrático vigente, tan parecido a un mercado (aunque distara de ser un mercado plenamente competitivo) y sus esperanzas idealistas de desarrollo fue lo que llevó al fracaso del Modelo 2B
c)       Tercer Modelo: La democracia como equilibrio.
Este modelo llegó a imperar en los años centrales del siglo XX. A este modelo podría calificársele como modelo elitista pluralista de equilibrio. Es pluralista porque este modelo ha tratado de adaptarse a sociedades formada por un conjunto de individuos cada uno de los cuales se ve atraído en muchas direcciones por sus diversos intereses. Es elitista en el sentido en que asigna el papel principal en el proceso político a grupos de dirigentes que se escogen a sí mismos. Quien fue el primero que formuló sistemática, aunque brevemente, el Modelo N° 3 fue Joseph Schumpeter en unos cuantos capítulos de su influyente obra Capitalismo, Socialismo y Democracia.
En el modelo político se suponía que los políticos y los votantes eran maximizadores racionales y actuaban en circunstancias de libre competencia. La competencia entre los políticos por el voto de los ciudadanos es el motor del sistema. Todos ellos concluyen que este mecanismo produce, efectivamente, un equilibrio estable. Este modelo conduce a ala apatía de los ciudadanos. Bajo un sistema de partidos en una sociedad desigual con sufragio masivo requiere que se difuminen las cuestiones y disminuya la responsabilidad de los gobiernos ante los electores y ambas cosas reducen los incentivos de los votantes para esforzarse en formular una opción. Un motivo frecuente de abstención en las elecciones es la sensación de que no hay entre quien escoger. Sin embargo, í suelen señalar que el funcionamiento con éxito del sistema requiere de unos niveles de apatía como los actuales: una participación mayor pondría en peligro la estabilidad del sistema.
El modelo N°3 seguirá siendo el, modelo descriptivo más correcto, y se seguirá aceptando como modelo justificativo suficiente, mientras en las sociedades occidentales sigamos prefiri4endo la abundancia a la comunidad  (y creyendo que la sociedad de mercado puede aportarnos a la abundancia indefinidamente) y mientras sigamos aceptando la opinión de que la única alternativa al Modelo N° 3 es un Estado totalitario absolutamente antiliberal. En otras palabras podríamos decir que el sistema de élites competitivas con un nivel bajo de participación ciudadana necesario en una sociedad desigual, la mayor parte de cuyos miembros se consideran a sí mismos  consumidores maximizadores.
El que cada día se planten más dudas acerca de la idoneidad de este sistema no se puede tomar, por desgracia, como prueba de que nos hayamos alejado lo suficiente de la desigualdad y de la conciencia de nosotros mismos como esencialmente consumidores para hacer que resulte posible un nuevo modelo.
d)       Cuarto Modelo: La democracia como participación.
En primer lugar parece irresoluble el problema de la democracia participativa a escala masiva. Sin embargo, el principal problema de la democracia participativa no es como funciona, sino cómo llegar a ella. Aún tenemos dificultades para encontrar el camino para llegar a la democracia participativa, tal como está organizada la sociedad capitalista, que nos aparta de los requisitos indispensables para el funcionamiento de la democracia participativa. Sin embargo, en medio de todo  han venido ocurriendo algunos cambios importantes en la sociedad queque estaría eliminando o debilitando algunas barreras que acercarían la posibilidad de ir conformando los requisitos necesarios para el inicio de la democracia participativa: Uno de ellos es la conciencia de la gente que pasa a verse ya no como consumidores maximizadores, sino como personas que ejercitan sus propias capacidades. El otro requisito previo es una gran reducción de la desigualdad social y económica actual, pues esa desigualdad requiere de un sistema no participativo  de partidos a fin de que la sociedad funciones. Pero estos dos requisitos conformarían un círculo vicioso: para la toma de conciencia es necesario la reducción de la desigualdad, pero para reducir la desigualdad es indispensable la toma de conciencia.
Existen, sin embargo, diversas fallas en la estructura protectora de la exclusión democrática.: la conciencia cada vez mayor de los costos  del crecimiento económico, la conciencia cada vez mayor de los costos de la apatía política, y las dudas cada vez mayores acerca de la capacidad del capitalismo de gran empresa para satisfacer las expectativas de los consumidores al mismo tiempo que reproduce la desigualdad.
Identifiquemos en primer lugar en  qué circunstancias no funcionaría un sistema de democracia participativa. Se pueden señalar provisionalmente tres: La primera de ellas una amenaza de guerra externa o de peligro de subversión antidemocrática. La segunda circunstancia  en la que no funcionaría un sistema participativo sería si reaparecieran la división y la oposición subyacentes de clases. Una tercera circunstancia en el que no funcionaría un sistema de consejos de participación directa sería si la gente de base fuera apática. No podría llegar a ese sistema sino un pueblo que se hubiera desprendido de su apatía política.
En síntesis, un sistema piramidal de consejos como modelo de democracia participativa sería posible en cualquier país occidental en la medida en que se hubieran logrado las condiciones previas necesarias para la transición, hacia un sistema participativo, no tuvieran los impedimentos más obvios para que el consejo piramidal fuera auténticamente democrático. El factor más importante en este caso es la existencia de partidos políticos. El modelo sencillo no les deja lugar. Contempla un sistema sin partidos o de un solo partido. La verdadera cuestión queda reducida a saber su existe alguna forma de combinar una estructura piramidal de consejos con un sistema de partidos competitivos.






[1] BENTHAM, Jeremías: The Theory of Legislation. Ed. C.K. Ogden, p.103. Londres, 1931
[2] MACPHERSON, C. B.: La democracia liberal y su época. Alianza Editorial. Madrid, 1991.  p. 41.
[3] BENTHAM, Jeremías: Principles of the Civil Code, Parte I, Cap. 11 Ogden , p. 120
[4] BENTHAM, Jeremías: Constitutional Code. En Works, ed. Bowring, iii, 599

[5] “On the Ballot”. Westminster Review, julio de 1830. Citado por MACPHERSON, C. B.: La democracia liberal y su época. Alianza Editorial. Madrid, 1991.  p. 55.

[6] J.S Mill: Principios de Economía Política, Editorial Fondo de Cultura Económica. Libro IV, Cap. 7, Secc. 1 y 2

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